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Las sierras de Cameros están en la vertiente norte de la cordillera Ibérica. Pertenecen a La Rioja, a esa Rioja que no te imaginas porque no resulta mediática. Como zona de montaña, las hay más pintonas. Como Rioja, no cumple el estereotipo de una región centrada en el río grande y sus cultivos.

Montañas, valles, pueblos pequeños y carreteras pequeñas que los unen, es decir, el escenario perfecto para el viaje en bici. Fue el Señor Escaramuja, nuestro druida, quien sugirió que Cameros podía ser el siguiente destino Decemberist y un vistazo al mapa no dejó lugar a dudas.

La ruta será circular, partiendo desde Vinuesa, en Soria, para añadir al viaje un doble cruce de la divisoria ibérica y porque el noreste de Soria también nos gusta mucho.

The Decemberists salen a pedalear todos los años, a principios de diciembre, buscando sitios fríos. Esta es nuestra historia de 2017.

Mapa-Cameros

Cameros Desde Vinuesa por Viajarenbicicleta Viajarenbici en plotaroute.com

Día 1: Viniegra de Arriba

Si el objetivo era encontrar el frío, empezamos bien: al amanecer, en los alrededores de Vinuesa, la mínima fue de -9ºC. Pasamos una noche tranquila y confortable bajo los pinos.

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Encontrando el frío

Es día 6 de diciembre. En la noche del 5 al 6, en la tradición neerlandesa, St. Niklaas trae regalos. Debe ser que ya nos conoce porque, por segundo Decemberist consecutivo, St. Niklaas ha pasado por nuestro campamento para cumplir la tradición:

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St. Niklaas ciclista nos trae regalos

Normalmente, trae dulces y naranjas. En este caso, como venía en bici, ha cambiado las naranjas por mandarinas, cosa que comprendemos perfectamente.

Contentos con nuestros regalitos, levantamos campamento y salimos de la nevera hacia nuestro punto de encuentro con el resto de excursionistas.

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Vamos hacia la zona soleada

Vinuesa es súper bonito, todo de piedra. Ya hemos pasado por aquí en otras ocasiones y, concretamente, lo hicimos en el viaje Decemberist original, hace muchos años ya, cuando aún no teníamos nombre pero sí la idea: viajar en bici en diciembre por sitios fríos. Acertamos en aquella ocasión y acertamos en esta. ¡Qué recuerdos!

En los últimos tiempos, hemos dado un salto cuantitativo y, para esta ocasión, somos 12 excursionistas. Lejos quedan los tiempos en los que éramos 3 y el resto nos miraba raro. Juntamos al grupo en torno al bar antes de salir.

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Vinuesa

Desde Vinuesa, vamos hacia el norte para subir el puerto de Santa Inés. El comienzo es fantástico, por la pista asfaltada paralela a la carretera principal, a través de los maravillosos pinares.

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Pinares de Soria

La tormenta de la semana anterior había dejado mucha nieve en la zona, tanto en la vertiente soriana como en la riojana. Varios de los puertos de nuestra ruta habían estado cerrados; algunos, hasta ayer mismo y, de hecho, salimos sin tener claro qué vamos a encontrar, lo cual está muy bien: viajamos a la antigua, con la incertidumbre como parte del viaje.

En Santa Inés no esperábamos problemas, es una comarcal pero importante y es de esperar que sea lo primero que limpien en la zona. Queda bastante nieve en los márgenes pero la carretera está limpia.

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Puerto de Santa Inés

La mini-estación de esquí en el collado es una presencia agresiva. Sería más llevadera si al menos no pusieran música. Salimos de allí antes de que nos estropee la imagen del puerto. La bajada es larga y tranquila, sin parar hasta Montenegro de Cameros, el único pueblo de los Cameros que, a pesar de estar en vertiente norte, pertenece, administrativamente, a Soria. Está precioso con los tejados en blanco.

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Montenegro de Cameros

Montenegro está encajonado en una encrucijada de valles y la luz invernal se retira pronto. Aprovechamos que aún queda un rato para descansar en la pared soleada en la que, a pesar del frío, se está muy bien.

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Montenegro de Cameros al sol

En el propio pueblo tomamos el cruce hacia el puerto de Montenegro. Éste es uno de los que aparecía como cerrado en la información oficial hasta el día anterior pero nos dicen que lo han limpiado ya así que vamos para arriba. Dejamos el pueblo atrás.

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Montenegro de Cameros, una última vez

Es una carretera local que comunica valles contiguos. Si ya en la de Santa Inés había poco tráfico, en ésta no hay nada. Subimos con tranquilidad y con las últimas horas de la tarde.

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Puerto de Montenegro

El asfalto está perfectamente limpio y, salvo donde hay fusión de la nieve acumulada a los lados, seco. No tiene pinta de que la hayan limpiado hoy mismo. Cuando deja de dar el sol, baja mucho la temperatura pero, mientras sea cuesta arriba, no importa.

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Puerto de Montenegro, rampa final

Nos reagrupamos en el collado y, ya sin sol, nos abrigamos mucho, mucho, mucho para una bajada que va a ser fría, fría, fría. Entramos en La Rioja.

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Puerto de Montenegro, cae la tarde

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Descenso gélido

Cuando llegamos a Viniegra de Arriba, el primer/último pueblo del valle, es ya casi de noche y decidimos no continuar. Es también demasiado tarde para sacar fotos así que pongo una de la mañana siguiente: esa puerta bajo las banderas es el bar donde pasamos un buen rato antes de irnos a dormir.

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Viniegra de Arriba

Día 2: El Rasillo de Cameros

Viniegra de Arriba es precioso, todo de piedra, edificios y suelos, metido en su valle, entre montañas. No tiene mucho terreno plano y, a la hora a la que llegamos, no nos quisimos poner muy estupendos para buscar campamento así que hablamos con el vecindario y acordamos instalarnos en el parque infantil. Nunca habíamos acampado sobre la nieve y entre toboganes.

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Nuevas experiencias en pernocta ciclista

Estas dos próximas imágenes no tienen ningún filtro ni ningún pos-proceso, la única diferencia es la luz ambiente y sólo las separan unos pocos minutos. La naturaleza es sorprendente y magnífica. Viniegra de Arriba:

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No tenemos muy claro si el nublado hace que la temperatura sea objetivamente más o menos baja pero el ambiente gris y oscuro da frío emocional, de sobra compensado con lo bonito que es estar aquí y conocer sitios como éste.

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Viniegra de Arriba

Del frío físico, que también lo hay, se encarga la ropa. Nos ponemos mucha, tenemos que seguir bajando. La carretera sigue el valle, a veces encajonada entre altas paredes y con la nieve cada vez más escasa.

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Paredones de piedra rara

Viniegra de Abajo es diferente a su hermano de arriba en varios aspectos: más grande y situado en un ensanchamiento del valle que le da un ambiente mucho más amplio. Es igualmente pétreo, muy bonito y con un buen número de palacetes y caserones señoriales. Queda aún algo de nieve en los tejados y muy poca en el entorno. Un jueves por la mañana, no hay apenas gente por la calle.

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Ciclistas al fondo

No encontramos bar abierto para una primera tertulia-café pero sí un poco más abajo, en la venta El Goyo, en un cruce de carreteras. Las nubes se han ido diluyendo y el cielo está quedando despejado.

Un poco después, abandonamos el cómodo rodar valle abajo para tomar uno lateral que culminará en el puerto de Peña Hincada, aunque eso será muchos kilómetros más allá. De momento, tenemos que superar el escalón inicial y ya nos sobra buena parte de la ropa.

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Para arriba otra vez

Una vez ya encauzados en nuestro nuevo valle, la pendiente se suaviza y llegamos a Brieva de Cameros, que repite el patrón de todo-en-piedra y tiene un bar estupendo con una barra bien provista para el almuerzo. Damos buena cuenta.

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Brieva de Cameros

Nos han avisado de que el puerto de Peña Hincada es muy duro. Es el caso típico del alto que sirve para cambiar de valle y que suele ser más escarpado que los puertos que cruzan la divisoria principal. Sobra decir que no nos importa; podemos ir todo lo despacio que queramos.

Saliendo de Brieva, la pendiente es aún suave. La carretera local es ideal para ir en bici, de las de asfalto antiguo, estrecha y sin apenas tráfico. Es otra de las que estuvo cerradas hasta última hora pero, pasado Montenegro, ya contamos con que no va a haber problemas con la nieve aquí tampoco. Avanzamos en larga recta con el horizonte de paredones calizos.

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Saliendo de Brieva de Cameros hacia Peña Hincada

Efectivamente, hubo unas cuantas rampas interesantes y hubo rumores, que no voy a confirmar ni desmentir, de que hubo quien echó pie a tierra algún ratejo. Sea como fuere, llegó todo el mundo arriba; alguno, incluso, se vino arriba también en el sentido emocional y acabó en manga corta.

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Puerto de Peña Hincada, rampas finales

Los últimos tramos antes del collado fueron por un altiplano nevado e iluminado por el sol, momentos de esos que dan sentido a cualquier esfuerzo.

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Casi todo el trabajo hecho ya en Peña Hincada

¡Qué diferente la otra vertiente! Orientada al este, cuando empezamos a bajar (y, seguramente, mucho antes también), estaba ya en sombra y fue como meterse en la nevera; de repente, la temperatura bajó varios grados. Había mucha más nieve acumulada, únele a eso el factor obvio de la cuesta abajo y el cuadro se nos puso invernal profundo.

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Puerto de Peña Hincada, lado de sombra

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Descenso de Peña Hincada

El primer pueblo que encontrábamos era Ortigosa de Cameros, encajado en una profunda vaguada. Es, debe ser, un sitio bonito en cualquier circunstancia pero la imagen de Ortigosa y su cascada de casas tenía especial encanto con su traje de invierno, con la nieve cubriendo los tejados:

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La luz del día se nos acaba pero aún nos da para seguir bajando, confluir con otra carretera más gorda y llegar a El Rasillo de Cameros, localizado en un paraje mucho más abierto que Ortigosa. No habíamos descendido lo suficiente para evitar la nieve y los campos estaban todos blancos pero, buscando un poco, conseguimos nuestra esquinita de suelo seco con cama de hojas de roble. Foto del día siguiente; volvimos a acampar a oscuras:

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Mejor evitar lo blanco

Día 3: Hornillos de Cameros

El pronóstico para hoy es de lluvia y esto ya empezaría a ser un pequeño problema, la cosa se puede poner un poco inhóspita si llueve con temperaturas alrededor de cero. Ya veremos qué hacemos con eso cuando pase; de momento, el día amanece nublado.

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Protegidos por los robles

El cielo se va oscureciendo mientras las nubes se mueven desde el oeste y empiezan a cubrir las cimas. Mientras no haya lluvia, hay esperanza (de mantenerse seco) y el plan es simple: mucho abrigo y seguir cuesta abajo.

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Listos/as para salir

Descendemos hasta el encuentro con la carretera principal de la zona, la N-111, que tenemos que recorrer unos metros antes de volver a tomar otro valle lateral que nos devuelve a la cuesta arriba en dirección al puerto de La Rasa, que nos servirá para volver a cambiar de valle y, en esta ocasión, además, de comarca, o como se llame: cambiamos el Camero Nuevo por el Camero Viejo. Eso vendrá luego; de momento, ascendemos con calma bajo cielo gris.

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Camino del puerto de La Rasa

Según llegamos a Almarza, empieza a llover. En un momento así, el plan perfecto es llegar a un pueblo, meterse en el bar, adaptarse mentalmente con calma a la nueva situación, tomarse algo caliente, ponerse la ropa impermeable y salir con la moral alta. Y que caiga lo que tenga que caer. La primera parte es fácil, ¡ya estamos en un pueblo! La segunda, no: no hay bar… pero unos vecinos nos interceptan por la calle y nos llevan a su casa a tomar un café. Además del café, nos cuentan muchas cosas interesantes de la vida en Cameros.

Con el plan completo, retomamos el ascenso hacia el puerto de La Rasa. De éste no nos han hecho ninguna advertencia y con ese nombre no da mucho miedo. Será porque era sencillo o porque teníamos problemas peores que la cuesta, nos acordamos poco de la cuesta. La lluvia no es fuerte pero moja mucho, es del tipo fina y densa, a medio camino entre lluvia y niebla. Todo está chorreando. No hay mucho ánimo para sacar fotos pero hay que hacer el esfuerzo, que salen muy fantasmagóricas y luego mola verlas:

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Ambiente oscuro

Llegamos al collado con la duda de si bajar será más cómodo que subir. En estos casos, no está muy claro.

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Puerto de La Rasa, obviamente

Descendemos con la mente puesta en Muro en Cameros, que es el nombre completo del primer pueblo que encontraremos en el Camero Viejo. Algunos pueblos, y éste es uno de ellos, cambian el habitual “de” de pertenencia por un “en” situacional. Eso nos da igual; a estas alturas, lo que nos importa es que tenga bar.

Según bajamos, salimos de dentro de la nube justo a tiempo para ver nuestro destino a corto plazo:

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Muro en Cameros

No sólo hay bar sino que es un sitio maravilloso, más un centro social vecinal que un bar al uso, sencillo y con chimenea encendida. En días como éste, pedalear es bonito pero también bastante duro y encontrar refugio es mejor del mundo: nos da calor, tanto físico como emocional.

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Muro en Cameros, bar y chimenea

En algún momento hay que volver a salir y el hecho de que la lluvia haya remitido hasta casi parar ayuda a que la transición sea más sencilla. Retomamos el pedaleo, seguimos cuesta abajo hacia el valle del Leza con las laderas del Camero Viejo enfrente.

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Hacia el Camero Viejo

Un agujero en la capa sólida de nubes, un momento de luz que ilumina los prados y los contrasta con el fondo oscuro. Una carretera sinuosa y arco iris que apunta a un par de ciclistas, ahí abajo:

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Un instante de luz

Usamos Jalón de Cameros y el cruce con la carretera de un nuevo valle para reunir el rebaño. Al día le queda poco rato de luz y no podemos justificar otro rato de bar.

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Jalón de Cameros

Igual que en los casos anteriores de valles de orientación norte-sur, seguimos el del Leza durante poco más que unos metros para abandonarlo y seguir con nuestro rumbo dominante hacia el este; esta vez, por una carreterilla local que se introduce en el Camero Viejo para llegar a Hornillos de Cameros y terminar allí. Nuestro plan inicial es terminar la travesía del Camero Viejo utilizando la red de pistas antes de volver a Soria y cerrar el círculo pero la meteo no está para muchas aventuras: el pronóstico es de entre lluvia y nieve para la zona y altitudes que tendríamos que recorrer. De momento, iniciamos el ascenso hacia Hornillos y ya veremos qué pasa con los planes. Lo peor que nos puede suceder es que tengamos que dar la vuelta.

La carretera es muy básica, estrecha, rugosa y sin marcas de carriles. No hay nada de tráfico y el entorno austero contribuye a la sensación de sitio remoto.

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Austero Camero Viejo

La lluvia nos ha dado un respiro pero se nota que no va a durar. Las nubes se hacen más oscuras y entre eso y que va cayendo la noche, el ambiente se pone de un sombrío que va más allá de la falta de luz. Empiezan a caer gotas otra vez y hace mucho frío. Justo entonces, aparece Hornillos al fondo, aunque en la foto casi ni se ve:

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Hornillos de Cameros con poca luz

El ambiente es de lo más inhóspito, ya de noche, con todo mojado y una sensación gélida mucho más difícil de llevar que cuando hace más frío y todo está más seco. Hornillos es un pequeño y está bien conservado aunque no parece que mucha gente viva allí. Esa noche, sólo había una persona en el pueblo y nos prestó su garaje para que echáramos un rato a cubierto antes de irnos a dormir. Nos hizo la experiencia mucho más cómoda.

Frente a la ermita había un buen prado pero estaba empapado cual esponja y no resultaba acogedor. A veces, es más fácil la vieja estrategia del soportal.

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Un clásico de los viajes

Día 4: Barriomartín

La mañana lo retoma donde la noche lo dejó: no ha nevado, tampoco ha llovido mucho pero el ambiente se mantiene oscuro y gélido. “Gélido” es la palabra: la temperatura es baja y todo está muy húmedo. El conjunto resulta muy desapacible.

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Hornillos de Cameros, frío y mojado

No vamos a meternos en la red de pistas en estas condiciones, además de que vamos con retraso y nos obligaría a un esfuerzo que preferimos no tener que hacer. La alternativa es sencilla: deshacer la carretera de Hornillos, volver al valle principal y remontarlo para iniciar el viaje hacia el sur. Con esa intención reunimos a las huestes a la salida del pueblo:

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Que no falte nadie

De momento, no llueve y el pronóstico es algo mejor que el del día previo. Nos abrigamos al máximo para empezar el pedaleo con el largo descenso hacia los valles protegidos. Esta vez, la vista de Hornillos es un poco más luminosa que ayer por la tarde:

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Hornillos de Cameros con algo más de luz

El Camero Viejo es impresionante en su carácter austero. Es súper-bonito estar aquí en este momento. Hará frío, lloverá y podrá ser incómodo pero es difícil cambiar esto por nada más. Entre tanta nube, vemos algo de luz al fondo.

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Vemos esperanza en el horizonte

Volvemos al valle del Leza en un momento en que hasta el sol ilumina ligeramente:

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Sale el sol, un poco

Con la moral alta otra vez, remontamos valle por una carretera que enseguida se estrecha y serpentea junto al cauce casi seco del río Leza. La cuesta es suave mientras pasamos junto a los últimos pueblos del valle antes de empezar a subir el puerto de Sancho Leza. El cielo, mucho más luminoso que en cualquiera de las 24 horas anteriores.

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Volvemos a ver el cielo

Sancho Leza resulta un puerto maravilloso: con pendientes suaves, una carretera estrecha y desierta y un entorno precioso, más aún según van apareciendo robles que ponen color y calidez. También nieve, que pone básicamente color.

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Comienza puerto

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Cómodas herraduras, puerto de Sancho Leza

Sancho Leza, 1390 metros y un collado un poco deslucido por una explotación forestal así que no pongo la foto. Mejor alguna del descenso por la cara norte, que conserva bastante más nieve acumulada y recorremos mientras las nubes se hacen fuertes otra vez.

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Nublado otra vez

A pesar de su dirección norte-sur, Sancho Leza no cruza la divisoria ibérica; el descenso nos lleva al encuentro de la N-111, que tomamos a la izquierda hacia el puerto de Piqueras. A pie de puerto está la Venta de Piqueras y cuando llegamos allí se empiezan a confirmar los peores pronósticos: cielo muy oscuro, frío húmedo y empieza a llover.

No podía haber mejor momento para llegar a tal sitio como una venta porque podemos descansar a cubierto y reponer fuerzas mientras ponemos en marcha el ciclo que te prepara mentalmente para una tarea que puede ser difícil y que así, de entrada, no apetece un carajo: subir un puerto en el que podría estar nevando.

El caso es que el puerto de Piqueras ahora tiene un túnel. Esto hace que la carretera antigua sea especialmente atractiva para ir en bici porque no hay nada de tráfico motorizado pero no podemos evitar una sensación extraña cuando llegamos al cruce y vemos que la vía que va al túnel tiene una señal de “prohibido bicicletas”. Que, seguramente, está muy bien que los coches puedan ahorrarse el puerto y, entre otras cosas, las inclemencias meteorológicas que puedan darse ahí arriba pero parece raro que las bicis estén obligadas a tragárselas. Normalmente, estaríamos encantados/as de subir el puerto tranquilamente, integrarlo en el viaje y olvidar que hay un túnel debajo pero es paradójico que no tengamos ni siquiera opción de decidir. ¿Qué pasa si el puerto está nevado? ¿Tampoco entonces podemos usar el túnel? No parece muy lógico.

El caso es que el tiempo se ha puesto muy feo, con lluvia gélida y mucho frío y, sí, es posible que arriba la lluvia sea nieve. Como tampoco hay más opción, empezamos a subir.

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Puerto de Piqueras

Al final, la subida resulta hermosa. Como es de esperar, no hay nadie más en la carretera. Las condiciones no son fáciles pero, al menos, la vía está limpia y cuesta arriba no es difícil mantener el calor corporal. La bajada será otra cosa pero, de momento, llegamos sin más problemas al collado y nos reagrupamos allí.

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Muy frío y mucho frío

El descenso es más difícil. Me quedo tieso, más duro que el cuadro de la bici, a la que acabo pegado sin mover nada más que los dedos para frenar, y a duras penas. No tengo fotos de este rato.

Estamos de vuelta en Soria y, según se acaba la luz, avanzamos lo imprescindible para llegar a un bar, cosa que sucede en el segundo pueblo, Barriomartín. Allí echamos un rato estupendo compartiendo barra y mesas con la gente local. Todo acaba bien.

Día 5: Vinuesa

Pasamos la noche en un precioso prado rodeado de robles grandes. Fue el mejor campamento de todo el viaje, bonito y acogedor. Los árboles crean un ambiente especial que te hace sentir bien. Cuidan de nosotros.

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Campamento perfecto

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Una vez más, los robles nos cuidan

La noche ha sido tranquila pero el nuevo día no lo parece tanto. Especialmente, cuando salimos de la protección de nuestro prado y vemos que no es sólo el gris oscuro del cielo sino también un viento fuerte e incómodo que sopla desde el oeste. Salimos de Barriomartín.

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Barriomartín, Soria

El primer tramo del día es en dirección sur y el viento nos da de lado pero pronto tenemos que torcer a la derecha y, prácticamente, mantener esa dirección hasta el final de viaje en Vinuesa. El viento, por supuesto, de cara, como debe ser.

Todo se complica más cuando pasa lo inevitable: se pone a llover. Volvemos al ambiente congelante de los días anteriores pero ahora, además, con aire de frente. Bajamos la cabeza y pedaleamos con la conciencia de que no va a ser estrictamente agradable.

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Lluvia, frío y viento

Este quinto estaba destinado a ser el día más fácil del viaje, sin ningún puerto y por terreno ondulado tirando a llano y, sin embargo, las circunstancias lo va a hacer el más complicado aunque tampoco hay que pensar demasiado: pedalear mucho, parar poco y hacerlo en sitios protegidos. No va a ser un día de placer ciclista de libro pero así es el viaje y la gracia está en tomarlo como venga.

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Todo el mundo muy tapado

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Buscando parapeto

Una vez más, contamos con el apoyo impagable de los bares. Pasamos un buen rato en uno que nos permite partir el esfuerzo en dos y recuperar fuerzas. Ya no recuerdo si fue en Valdeavellano de Tera o en Sotillo del Rincón:

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Entendiendo el valor de un bar

Llegamos a Vinuesa calados hasta los huesos y más allá pero nadie se quejó. Eso está muy bien: el viaje nos gusta por ser como es. Luego, ya, si eso, nos cobramos los esfuerzos con un buen plato de cuchara que nos devuelve a la vida terrenal.

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Cuatro días para una ruta circular: salir desde Babia, cruzar las montañas hacia Asturias, cambiar de valle tres veces y volver a Babia para terminar enlazando con el punto de partida. Ya digo que era circular.

Este viaje duró 4 días, entre el 12 y el 15 de Octubre de 2017.

Mapa Ruta Final

Babia Ubinas Somiedo Final by Viajarenbicicleta Viajarenbici en plotaroute.com

1. San Emiliano – Valle Zureda

Empezamos con una cámara rajada en la base de la válvula, en mi bici, con lo que me toca a mí fajarme con una cubierta que va muy justa y comenzar la ruta con dos hándicaps: mano diestra despellejada de tanto peinar goma; y el comodín de una única cámara de repuesto (para dos bicis) ya utilizado.

Normalmente, llevo dos cámaras de repuesto para dos bicis. Las más de las veces, sólo las paseo por el mundo para volver a casa con ellas. Para una vez que necesito una, es antes de salir. Y ¿por qué cuento todo esto? Ya veréis, ya…

Salimos de San Emiliano hacia el puerto de La Cubilla. El primer tramo es por asfalto, con las dos peñas de Ubiña, la grande y la pequeña, cerrando el horizonte. Yo más bien diría la grande y la más grande.

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Las dos cimas de Peña Ubiña de fondo

Enseguida pasamos a pista, bastante cómoda. No es que esta zona sea muy húmeda pero llama la atención lo seco que está todo.

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Pista hacia el puerto de La Cubilla

La pista termina de remontar un valle estrecho para emerger en las praderas cimeras. También aquí se nota la sequía, debería estar todo mucho más verde. Las vacas se apañan como pueden.

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Praderas menos verdes de lo que debieran

En el último tramo de la subida, curiosamente, vuelve el asfalto. Se entiende mejor al pensar que es la continuación de la carretera que sube desde Asturias. Hacemos los últimos metros antes del collado en medio del encantador ambiente de las praderas de la montaña cantábrica.

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Última rampa del puerto de La Cubilla

Asturias es otro mundo, literalmente. El relieve es mucho más extremo, el valle queda allí abajo, muy lejos, muy profundo y la carretera del puerto de La Cubilla abraza las laderas en zetas infinitas que molan tanto a la vista como al tacto. Bajar por aquí es el sueño húmedo de cualquier cicloturista.

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Puerto de La Cubilla, lado asturiano

 

Veintitantos kilómetros sin dar pedales; es un decir, alguno sí que damos.

Afrontamos la cruda y, a la vez, atractiva realidad de que en Asturias no hay nada llano. Es otro “decir” pero casí sí: una vez en el fondo de valle, cruce a la izquierda y empezamos a subir otra vez para dejar atrás Lena y cambiar de valle y de concejo. Subimos y subimos hasta que se acaba el asfalto y más allá, echamos pie a tierra en el último pueblo del valle para dar lugar a una de estas escenas que tanto nos gustan de bicis invadiendo (es otro decir) la arquitectura rural.

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Valle Zureda, concejo de Lena

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Valle Zureda tomado por bicis raras

Subimos y subimos hasta que se acaba la luz pero no más allá. Entre tanta cuesta, hay algún prado que nos acoge. Ésta es nuestra formación:

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Parece que no nos patrocina ningún fabricante de tiendas

Contemplamos la Vía Láctea, vemos que es real, está ahí arriba. Nos vamos a dormir y, antes de cerrar los sentidos, escuchamos al cárabo. Después, silencio.

2. Quirós

Sale el sol y os pilla mirando al suelo, compañeros. Menos mal que estoy yo atento:

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Hemos madrugado más que el sol

La mañana es luminosa y brillante. Aquí:

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Luz de primera hora en los valles asturianos

Nada más salir, empieza a dar por saco un problema tonto y serio a la vez: otra rueda que pierde aire. Pierde mucho pero, una vez fuera de su cubierta, no hay manera de encontrar el pinchazo. Vale, pues la volvemos a colocar, siquiera porque no hay otra. Somos 6 y todo el mundo lleva cámaras extra pero sólo 2 llevamos rueda grande, de 700 y, por supuesto, caso de libro de ley de Murcia, la cámara con pérdidas es una de éstas. Parches sí que hay pero de momento no sabemos dónde ponerlo así que hinchamos hasta los topes y proseguimos viaje.

Subimos por una pista estupenda para BTT pero no tanto para bicis cargadas. El esfuerzo en las cuestas empinadas se compensa con un recorrido panorámico en ladera. Lo mejor de ir cuesta arriba es que hay tiempo para admirar paisajes.

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Pista panorámica para cruzar a Quirós

Mantenemos la rueda sospechosa bajo vigilancia, esperando que no vuelva a perder aire pero, vaya, sí que lo pierde. Hay que volverla a sacar. ¿Por qué van tan prietas las cubiertas éstas?

Buscamos el pinchazo con más fe y, al final, aparece; y no son buenas noticias: otra cámara rajada en la base de la válvula. Es una avería muy difícil de arreglar pero no hay más cámaras de 700 de repuesto, había una y la tuve que usar yo por un problema idéntico, véase día 1.

Se reúne el consejo de sabios y decide que lo mejor es proseguir, hinchando la rueda las veces que haga falta hasta cambiar de valle, volver al asfalto y bajar al primer pueblo. Una vez allí, parar y pensar.

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Las dos únicas bicis de rueda grande en este viaje

Las rajas en la base de la válvula suelen tener un comportamiento extraño, no como el de un pinchazo normal, que pierde aire de forma progresiva y predecible: hinchas y sabes cuánto tiempo te queda. En el caso que nos ocupa, si la raja es pequeña, suele suceder que la propia presión de hinchado sella el boquete y permite pedalear un buen rato. Pues debe ser que ya se ha hecho grande porque el aire no le dura nada. El resto del trayecto hasta llegar al próximo valle es un incordio desesperante en el que pasamos más tiempo hinchando ruedas que pedaleando. El entorno es muy bonito y la carretera, maravillosa pero nos cuesta disfrutar, por no decir que es frustrante proseguir así.

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Descenso entre las hayas con una bici en estado precario

Llegamos, por fin, a Cortes, el anteúltimo pueblo de un valle estrecho al pie de la cara norte de Peña Ubiña. El sitio es maravilloso con todas las letras. A título personal, el sentimiento dominante no es de agrado sino más bien de alivio por poder descansar. El problema es serio, hasta el punto de que tenemos que replantear el viaje. Menos mal que somos gente tranquila y no tenemos problema por alterar planes, que para eso están.

El plan A del consejo de sabios es intentar parchear la avería. Es difícil, yo nunca lo he hecho; ante una cámara así, en una situación normal, la deshecho pero en este caso no queda más remedio o no se nos ocurre uno mejor. Cortamos un trozo de goma a medida y apretamos bien, a ver si aguanta…

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Parche de circunstancias

Cruzamos dedos mientras le metemos aire pero la incertidumbre nos dura poco y las noticias son malas: el parche no funciona.

El plan B es buscar una cámara de repuesto. En el pueblo, desde luego, no hay nada, es una aldea pequeña en las montañas. Es incierto hasta dónde habría que ir para encontrar una y, antes de recurrir a eso, hacemos balance de las cámaras que hay. No sólo son de 650 y más gruesas de lo que la rueda admite; necesitamos una de válvula fina y las que tenemos son todas de válvula gorda.

¿Todas?

¡No! Hay una cámara de 650 con válvula fina. Al menos, entraría. Nunca hemos puesto una cámara de 650 en una rueda de 700 pero, dadas las circunstancias, no tenemos mucho que perder y decidimos instalarla, a ver qué pasa.

La operación resulta mucho mejor de lo que hubiéramos podido esperar. Colocamos, hinchamos y parece que aquello aguanta; no sólo eso, es que tiene una pinta estupenda, visto desde fuera. Cruzamos dedos y volvemos a montar en las bicis para seguir valle abajo. A ver qué tal.

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Seguimos valle abajo hacia las profundidades de Quirós con bici recuperada

Hemos consumido mucho tiempo y, entre eso y la incertidumbre de saber si el apaño funcionará o si podremos conseguir una cámara nueva, tenemos claro que hay que rehacer planes. La idea original era mantenernos lo más cerca posible de las montañas y cambiar de valle y concejo, entre Quirós y Teverga, por arriba, subiendo el puerto de Trobaniello y bajando por La Ventana. En lugar de eso, decidimos enlazar con Teverga por abajo, descendiendo por Quirós hasta la confluencia de valles.

Así, en Santa Marina, en lugar de poner el plato pequeño hacia Ricabo, seguimos valle abajo, con el atractivo añadido de que enlazamos con la Vía Verde Senda del Oso, que va paralela a la carretera, es mucho más tranquila y tiene un trazado entretenidísimo. Siempre mola esto de pasar por túneles.

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Túnel en la Vía Verde Senda del Oso

Avanzamos hasta que ya sólo nos quedan penumbras. Pernoctar al lado del camino no es nuestro plan ideal pero esto es Asturias y todo es cuesta, selvático o las dos cosas. Junto al camino tendrá que ser.

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Pernocta junto al camino

Pola de Somiedo

Esta vez, el amanecer nos pilla encajonados en el valle profundo y bajo los árboles. El anticiclón hace del fondo de valle un sitio frío por la mañana y tenemos que usar los guantes para poder empezar a pedalear. Seguimos por la Vía Verde y el paisaje se pone, si cabe, más interesante cuando pasa eso tan típicamente cantábrico: el valle se estrecha y el camino se introduce entre peñas calizas.

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Verde vegetación y gris caliza: eso tan típicamente cantábrico

Bajamos valle hasta la confluencia con el río Teverga. No olvidamos nuestro precario apaño y todo lo que depende de él y valoramos un desvío para ir a buscar un repuesto decente pero no parece que haya ninguna garantía de encontrar algo a una distancia razonable así que nos la jugamos a seguir adelante. Eso significa seguir el Teverga aguas arriba.

Por aquí discurre otra rama de la Vía Verde Senda del Oso. El valle se estrecha hasta convertirse en un desfiladero en el que sólo hay sitio para el río, en el medio; la carretera, en un lado, y la Vía Verde, en el otro.

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Estrecheces en el camino a Teverga por la Senda del Oso

También aquí hay túneles. Si viajar en bici ya de por sí es divertido, cruzar túneles le da un punto especial, tipo parque de atracciones, pero de verdad. Lo mejor es que es de verdad.

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Así, entramos en el concejo de Teverga, el desfiladero se suaviza y emergemos en un valle maravilloso. Otro más.

El primer pueblo que encontramos es L’Entregu, donde hay un servicio de alquiler de bicis, al calor de la Vía Verde. Ya hemos visto qué bicis alquilan, nos hemos cruzado con muchas de ellas y todas eran de rueda pequeña pero nos acercamos a ver qué tienen. Efectivamente, todos sus repuestos son para ruedas de 650 pero (casi siempre hay un “pero”) el encargado guarda una cámara de carretera. “Para emergencias”, dice, “que por aquí hay mucho ciclista deportivo”. Es una cámara muy fina y estaría por ver qué tal aguanta en nuestras ruedas pero es lo único que podemos conseguir y nos la quedamos. Siquiera como repuesto.

L’Entregu y su pueblo vecino, La Plaza, son muy bonitos y están en un lugar maravilloso. Nos encanta Asturias.

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L’Entregu, concejo de Teverga

Entre Teverga y Somiedo hay una sierra y para cruzarla se sube el puerto de San Lorenzo. Debe ser empinado porque todo el mundo nos advierte de ello con palabras muy grandes mientras mira nuestros equipajes con cara de incredulidad. Lo peor es que es mediodía y hace un calor aplastante. Subir así es duro, al margen de cómo sea el puerto.

¿Dije “lo peor”?

Pues no; siempre puede haber algo peor y, en este caso, el destino ni siquiera es original: nos trae problemas viejos reciclados, la rueda vuelve a perder aire. Ni idea de si es por causas “naturales” o por haber forzado la cámara pero lo que sí tenemos claro es que no nos apetece un carajo volverla a desmontar. Hinchamos a tope y para arriba; una vez más, a ver qué pasa.

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Puerto de San Lorenzo, parte fácil

Es habitual en el Cantábrico que los puertos más duros no sean los que suben a la meseta sino los que comunican valles contiguos, como es el caso en San Lorenzo. La primera mitad es fácil pero en los últimos 5 km las rampas son fuertes. Está genial esto de poder subir sin prisa y poner el plato que te dé la gana.

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Puerto de San Lorenzo, rampas gordas

Llegamos arriba con el sol ya un poco horizontal. Al menos, ya no hace tanto calor.

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Puerto de San Lorenzo bajo el gran foco

Ni siquiera es un puerto muy alto pero lo tomamos como un logro, siquiera por todo el catastrofismo que nos habían anunciado.

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No es muy alto pero sí bastante duro

La rueda sigue perdiendo aire pero parece que lo hace despacio. Ya es difícil decir si aguantará todo el resto del viaje pero, de momento, aspiramos a que aguante la bajada a Somiedo. Después, ya veremos.

Bajamos con el sol poniente.

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Descenso hacia Somiedo

En el descenso, recuperamos el infierno del día anterior: la rueda pierde aire cada vez más rápido. Pasa de aguantar 5 minutos a durar apenas 2 y, al final, ya, casi nada. Llegamos al valle a duras penas y paramos en un bar, ese templo donde se toman decisiones.

Adivínenme qué le ha pasado a la cámara apañada… ¿pinchazo? No… ¿estrés? Tampoco… Una vez más, el problema está en la base de la válvula, y ya son tres en lo que va de viaje. Es obvio pensar que puede haber algún problema en la llanta que lo provoque pero la revisamos bien y todo parece en orden.

En este caso, ya, nos da igual. la alternativa es clara, siquiera porque sólo hay una: poner la cámara de carretera y ¡a ver si ésta aguanta!

El resto del día es sencillo, sólo hay que remontar el valle unos pocos kms para llegar a la Pola de Somiedo. Hoy no nos vamos a enredar buscando pernocta, en la Pola hay un camping que podemos usar y nos va bien.

Somiedo repite el patrón de entrada estrecha. Estamos por hacer un concurso de desfiladeros, ¿cuál nos gusta más?

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La Pola de Somiedo está un poco turistizada pero es un sitio bonito y nos resulta agradable. Ya que estamos en entorno urbano, aprovechamos sus obvias ventajas; se me pasó hacerle una foto a la fabada (debía tener mucha hambre) pero ésta del segundo plato tampoco está mal:

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Me lo merezco

San Emiliano

El camping está muy tranquilo y apenas echamos de menos dormir en el campo.

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Camping en Pola de Somiedo

Salimos valle arriba. Desde la Pola, prácticamente, empieza ya el puerto de Somiedo por el que, por fin, volveremos a Babia. Si la rueda de los problemas sin fin aguanta, ya nada nos puede parar. De momento, parece que va bien. A ver si podemos tener un día tranquilo.

El puerto de Somiedo es tendido y, con poco tráfico, resulta muy agradable. Va por sitios preciosos y subimos despacito porque así los apreciamos mejor.

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Después de unos días tan accidentados, parece que sí, por fin, ha llegado la calma a este viaje: no tenemos averías, no hace calor, el puerto es sencillo, la luz es muy bonita y el paisaje también. Ya tenemos a la vista la divisoria de aguas.

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Puerto de Somiedo, rampas finales

El puerto de Somiedo termina en un largo collado desde el que decimos hasta luego a Asturias. La segunda bici, nostálgica, insiste en mirar atrás:

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Puerto de Somiedo, collado

En el descenso hacia Babia sí que hay que dar pedales, es una pendiente suave y tenemos viento de cara. Es una bajada corta y con un final que nos lleva a algo inédito hasta ahora en este viaje: ¡terreno llano!

No voy a decir ahora si mola más llanear o cuestear, nos gustan ambas cosas, pero nos encaja muy bien en este caso el nuevo escenario, sintoniza perfectamente con el ambiente relajado que por fin hemos podido encontrar. Rodamos por Babia con tranquilidad, por paisajes tan diferentes de los del otro lado que parece otro mundo y bajo una luz maravillosa. El cielo vuelve a ser grande.

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Babia, tan diferente de Asturias. No sabemos qué lado nos gusta más

Mejor aún cuando dejamos la carretera principal y tomamos una pequeñita que nos lleva de vuelta a San Emiliano. Pedaleamos hacia las montañas desde las que partimos cuatro días atrás.

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Babia, cielo grande

Ahí están de nuevo los dos picos de Peña Ubiña, el grande y el más grande. No nos hace falta GPS, por ellos sabemos que estamos llegando.

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Cerrando el círculo

Acabamos en el bar. Como el dios del cicloturismo manda.

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San Emiliano

Un mapa de Ancares es fascinante: el terreno es muy complejo, por lo montañoso pero no sólo, también por lo intrincado de los valles, que no tienen una dirección dominante.

Si el mapa es de carreteras, el lío se acentúa: una red de vías secundarias llena de curvas y que, lo mismo que los valles, se extiende en todas direcciones. Es ver un mapa de estos y empezar a imaginar rutas en bici. Ancares estaba en el radar desde hace tiempo.

En esta ocasión, razones logísticas han hecho que nuestro viaje se haya repartido entre Ancares y otras zonas limítrofes: Muniellos, Ibias y una esquina del Bierzo. Entre Asturias, Lugo y León.

Mapa Ruta

Ancares Muniellos en plotaroute.com

Degaña – San Antolín de Ibias (Asturias)

El valle del Ibias puede parecer una forma fácil de comunicación entre León y Asturias pero, como es costumbre en la cordillera Cantábrica, no hay camino sencillo. El Alto Ibias sí que es accesible desde la Laciana leonesa por un puerto (Cerredo) moderado pero, aguas abajo, el Ibias se encajona y ya no hay quien lo siga. Las carreteras de salida del valle se suben por las paredes o se meten bajo tierra.

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Valle abajo, Alto Ibias

Salimos desde Degaña, en el Alto Ibias, aguas abajo hasta el túnel del Rañadoiro, que sustituye al puerto del mismo nombre que comunica con el valle contiguo, en la cuenca del Narcea. Son 2 km de túnel.

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Túnel del Rañadoiro

El puerto del Connio tiene un nombre curioso, 800 metros de desnivel y 12 km de longitud que producen una ascensión larga y cómoda a través de un paisaje magnífico. Es la única carretera que cruza la reserva de Muniellos, en los últimos confines de Asturias y uno de los últimos confines del oso ibérico.

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Muniellos

La sensación es extraña, a medio camino entre el árbol y el arbusto. En la distancia, es como si todo fuera bosque pero, en primer plano, los árboles aparecen con poco porte. Quizá el hecho de que aún estén sin apenas hojas les haga perder presencia. Nos da mucho el sol pero no hace calor. Llegamos arriba del todo.

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Puerto del Connio

Por el otro lado, el desnivel es aún mayor: 1000 metros y casi 20 km para volver al Ibias. La bajada es tan tendida como la subida y resulta perfecta para deslizar sin frenar y admirar el paisaje. Es el momento ciclista perfecto.

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Larguísimo descenso

El fondo de valle es mucho más frondoso. El Ibias ya es un río grande. Llegamos a San Antolín, el pueblo más importante de la zona. Su iglesia tiene una curiosa espadaña de piedra oscura:

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San Antolín de Ibias, iglesia oscura

Nos hacemos un hueco en un prado de los alrededores.

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Una tienda y dos bicis

San Antolín – Vilarpandín (Asturias/Lugo)

La ribera del Ibias tiene algunos árboles antiguos y monumentales como los del Bosque Viejo del Señor de los Anillos:

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Árbol momumental

En San Antolín, dejamos de lado el Ibias para cruzar hacia Lugo y los Ancares. Eso significa subir un puerto para cambiar de valle. La subida es una ristra de curvas de herradura, esas tan fotogénicas:

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Cambiar de valle = subir cuestas

Una vez arriba, y aunque aún estamos en Asturias, nos metemos en terreno Ancares: montes por todos los lados, valles estrechos, carreteras minúsculas que suben, bajan y atraviesan laderas; aldeas más minúsculas que las carreteras que llegan hasta ellas. Es todo subir y bajar, ¡no hay nada llano!

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Ciclistas contra el cielo gris

Hay poco bosque y mucho arbusto. Tiene pinta de que la acción humana tiene mucho que ver con eso. Alrededor de las aldeas, prados verdes.

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No nos interesa la salvación; preferimos perdición

La Sena es el último pueblo de Asturias por este lado. Es muy pequeñín pero tiene bar. Es abril y no podemos decir que haga frío pero el día está nublado y fresco y agradecemos la chimenea encendida. Hacemos un alto para comer.

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Entramos en Lugo y en la cuenca del alto Navia, río marcadamente asturiano pero cuyo primer tramo es gallego. Qué cosas se aprenden viajando en bici…

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Alto Navia

Navia de Suarna es una villa magnífica, de puro ambiente cantábrico, edificada en piedra alrededor del río y con el puente antiguo como elemento más fotogénico y destacado:

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Navia de Suarna está a 300 metros de altitud. Desde aquí, iniciamos una subida discontinua hasta los más de 1600 m del puerto de Ancares, que comunica con León. Nos llevará casi un día entero llegar allí; un día con su noche. Por lo que queda de éste día, terminamos con una subida empinada pero corta para salir del Navia por las paredes. Preciosas luces de atardecer:

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Luces de atardecer

Cuando se va el sol, nos deja unos cielos espectaculares:

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La atención se desvía al cielo

No es fácil encontrar un sitio llano entre tanta cuesta y menos aún que no tenga arbustos pinchosos. Los prados del ganado son los únicos terrenos acampables y no tardamos en conseguir uno, gentileza de un vecino (gracías, tío)

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Segunda noche

Vilarpandín – Tejedo de Ancares (Lugo/León)

Estos son los Ancares tal cual me los había imaginado viendo aquel mapa: carreteras estrechas, aldeas colgadas de las laderas, valles profundos, hórreos de madera, tejados de pizarra. Magnífico escenario para el viaje en bici.

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Al fondo, lejos, lejos, las montañas que nos separan de León y un panorama de lo que tendremos que recorrer a lo largo de prácticamente todo el día en una sucesión infinita de cuestas: arriba, abajo, otra vez arriba, nunca en llano.

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Para que os hagáis una idea de lo que es recorrer esto, menos primer plano y más panorama:

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Piornedo es el último pueblo de Lugo. Tiene un pelín de aspecto de parque temático de la arquitectura tradicional, entre pallozas y hórreos. Es muy bonito, de todas formas.

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Piornedo

Sólo nos queda el último tramo de puerto, el de las rampas más empinadas, ese al que hacía referencia la gente cuando nos veía pasar y ponía cara de circunstancias según miraba alternativamente a las bicis, a los equipajes y a las montañas y nos decía que algunos coches subían en primera. Nosotros/as también.

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Curvas y cuestas en el puerto de Ancares

Emergemos en un cruce con otra carretera un poco más ancha para hacer el último kilómetro con las mejores vistas:

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Ciclistas a punto de triunfar

Llegamos, por fin, al collado que marca el puerto de Ancares, 1669 metros según la señal en la carretera. Las bicis miran hacia el valle leonés y a la cuesta abajo que viene a continuación:

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Puerto de Ancares

El descenso es de 800 metros verticales continuos aunque hoy no los haremos todos. Vamos a quemar zapatas.

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Descenso hacia León

El valle de Ancares, en la vertiente leonesa de la región, se acerca más al paradigma de las zonas de montañas, donde las carreteras, los pueblos, los prados y los cultivos están en el fondo de valle. Los árboles aún no tienen hojas.

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Valle de Ancares

Tejedo de Ancares es el primer pueblo que encontramos. Pasamos un rato agradable en el bar local.

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Tejedo de Ancares

Acampamos en los alrededores.

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Noche en el valle de Ancares

Tejedo de Ancares – Degaña (León/Asturias)

Terminamos el descenso del valle que nos llevará a la cuenca del alto Sil. Pasamos junto a algunos castaños monumentales; supera esto, Calatrava:

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Castaño monumental

El siguiente capítulo no tiene nada que ver con los Ancares ni los Muniellos, tampoco con el Ibias o el Sil. Es la despedida del señor Novés. Nuestra ruta común acaba aquí y no le vamos a volver a ver en mucho tiempo. Se nos va de viaje a gran escala, estará  2 años caminando y pedaleando por América. Improvisamos una fiestuki especial de terraza de bar:

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2 años (de viaje)

Podéis seguir su viaje en su Twitter @bykenico.

El resto de la ruta se nos hace bola. Es un trámite incómodo, ahora que nuestro amigo ya no está, pero aún pasamos por sitios bonitos. El tránsito hasta el valle del Sil es un tanto rutina pero luego giramos hacia las montañas y todo se vuelve interesante otra vez: un valle estrecho y una carretera que asciende sin parecerlo:

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Intentando cruzar a Asturias

Hace un poco de calor y lo mejor es acercarnos al arroyo a por sombra y agua fría. Siempre funciona. Además, nos da para disfrutar de la luz filtrada como sólo la filtran los bosques de ribera:

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Río Valdeprado

Terminamos de subir el puerto por esta carretera tan rara, es una vía de acceso a una mina y no tiene señales ni indicaciones. Tampoco hacen falta, no hay pérdida, aunque la subida es tan suavecita que no queda claro cuándo ponemos rueda en Asturias. Tampoco importa; lo tenemos claro cuando llegamos a la vista del valle del Ibias:

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Ibias, Asturias

El resto ya es un trámite: nos dejamos caer hasta el fondo de valle y, a continuación, hasta Degaña, cerrando el círculo abierto cuatro días atrás. Últimos metros por el alto Ibias:

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Últimos metros

Hay 3 datos en ese título; uno de ellos, el año, es poco relevante porque no modela la experiencia, sólo está ahí para poner marco temporal. Los otros dos son la clave.

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Maestrazgo sombrío

Viajamos en diciembre para experimentar el invierno. Es por la luz y es también por la temperatura. No queremos huir del invierno a base de buscar un sitio cálido para compensar, queremos el ambiente invernal completo. Queremos sentir el frío en la cara.

El Maestrazgo, además del frío, lo tiene todo para triunfar en nuestro esquema de excelencia: carreteras pequeñas con poco tráfico, paisajes bonitos y pocas vallas. Nos lo encontramos así:

Geografía física

El Maestrazgo está en una zona de montaña. No hay grandes picos, por lo que no los veréis en los catálogos, pero tampoco hay apenas nada llano. La ruta fue un constante subir y bajar.

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Panoramas del Maestrazgo. Apenas hay nada llano

Es una zona seca y de paisaje austero. Al mismo tiempo, la presión humana es relativamente baja, con lo que el medio ambiente conserva una interesante diversidad.

Los valles son muy estrechos y abruptos. En muchos casos, cañones que el agua ha excavado en la roca caliza. Es común que el cañón de turno no aparezca hasta que llegas prácticamente al borde y es entonces cuando te explicas por qué la carretera da ese pedazo de vuelta para llegar a ese pueblo que está ahí enfrente: no se veía el bujero que había enmedio.

Los pueblos suelen estar situados en el páramo y, en algunos casos, en el mismo borde de un cañón (casos más extremos en Villarluengo y Cantavieja); probablemente, por razones defensivas y porque abajo, en el valle, no había sitio. También hay pueblos de valle, como Linares de Mora, que tiene un aire casi cantábrico, si cambiamos las hayas por los pinos.

Hay extensas zonas de bosque, maravillosas, sin vallar y, probablemente, llenas de fauna que no vimos pero estaría ahí.

Geografía humana

Voy a escribir en primera persona aquí: los pueblos del Maestrazgo me han entusiasmado por encima de mis posibilidades. Tienen un equilibrio maravilloso entre viejo, auténtico y bonito. Son pueblos de piedra de la que pesa, construidos en una época en la que eran importantes y parece que no han crecido mucho más desde entonces. Da la impresión de que lo que ves hoy es similar a lo que se podía ver hace siglos, no sé cuántos. No hay un casco viejo, el propio pueblo completo es un casco viejo. Son tan bonitos que podrían parecer Disneyland pero no, no son un parque temático. De hecho, da la impresión de que tienen una vida actual bastante boyante, en términos relativos, dado cómo está la cosa en el mundo rural.

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Mirambel

Hay murallas, calles empedradas, palacios e iglesias. Enormes, estas últimas, casi desproporcionadas, en el buen sentido de la expresión. Hay bares acogedores que, siendo diciembre, nos dieron calor, del físico y del emocional. Y era así pueblo tras pueblo, cada cual con su encanto propio pero todos manteniendo un nivel digno de documental de National Geographic. De momento, lo vamos a contar en Viajarenbicicleta.

Día 1: Allepuz – Villarluengo

Helada nocturna y mañana gélida pero con tiempo tranquilo. Cuando sale el sol, la temperatura va en picado (pero para arriba) y se está muy bien. Habíamos llegado a Allepuz de noche y ahora que lo vemos con luz sorprende el tamaño y el aspecto masivo de la iglesia. No será la única sorpresa arquitectónica del viaje.

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Iglesia de Allepuz

Empezamos subiendo el puerto de Sollavientos. Es muy tendido. Sólo sabemos que es cuesta arriba, lo de que se trate de un puerto con nombre quedará claro cuando lleguemos al collado y veamos la señal. Antes, pasamos por un tramo tallado en la caliza mientras vemos el camino tradicional abajo, en el valle. Antiguamente, las vías de comunicación se adaptaban al entorno; ahora, nos abrimos camino a barrenazos.

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Carretera excavada en la pared caliza

Sollavientos era un puerto corto. Villarroya, el siguiente, es más largo y clásico, con zig-zag en ladera para subir al páramo, hasta los 1700 m. Una vez allí, dejamos el asfalto y tomamos la tierra, una pista amplia que atraviesa pinares y que está inesperadamente embarrada. Nos deja las bicis hechas un cristo, provocando las quejas de los viajeros más tiquis-miquis.

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Bosque y barro en el altiplano

La pista desemboca en una carreterilla de las buenas: vacía y de asfalto viejo. Nos hace subir un poco y la señal que indica el puerto de San Cristóbal nos parece un poco exagerada, “si no hemos subido apenas”… hasta que vimos lo que había al otro lado: un valle profundo y un paredón de carretera que, para bien o para mal, nos toca hacer cuesta abajo.

Pitarque está ahí, al final de la cuesta. Es pequeño pero tiene de todo:

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Servicios en Pitarque

Estamos en las profundidades y tenemos que salir de aquí aguas abajo. El valle se estrecha, las paredes se nos vienen encima y acabamos atravesando ¡un cañón calizo! Lo meto entre exclamaciones porque llevamos ya ni sé cuántos viajes seguidos de estos de “exploración” (por sitios que no conocemos a priori) en los que acabamos atravesando un cañón calizo sin querer. Es como el tren de la bruja de los viajes en bici.

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Ponga un cañón en su viaje

La carretera sigue valle abajo pero nuestra ruta la deja en un cruce donde empezamos a subir para volver al páramo. Llegamos arriba ya con las últimas luces y las primeras penumbras para encontrarnos Villarluengo, un pueblo encima de un peñasco que mira al cañón. Ya está oscuro para hacer fotos así que os pongo una de la mañana siguiente:

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Villarluengo

Cae la noche, son sólo las 6 y la temperatura vuelve a donde estaba esta mañana pero el frío ya no nos alcanza: buscamos el bar y nos reunimos alrededor de la mesa más cercana a la estufa para hacer balance del día mientras probamos qué se bebe y se come para echar el rato en el Maestrazgo.

Día 2: Villarluengo – Cantavieja

Amanecer menos frío que el día anterior gracias a las nubes. Gracias a ellas también tendremos temperatura más baja durante el día. Y lluvia.

La carretera se mete entre montañas, luego rodea el cañón. Dejamos de lado atractivas carreterillas que nos hubiera gustado recorrer a cambio de seguir adelante y pasar por Tronchón, donde la leyenda dice que hay buen queso. De todas formas, la carretera que sí usamos es casi tan -illa como las que no. No hay apenas tráfico, aparte del nuestro.

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La carretera se mete entre montañas

Empieza a llover y llegar a Tronchón es doblemente bienvenido. La quesería está a la entrada del pueblo, resulta una forma de comprar queso mucho más agradable que en el supermercado. Luego visitamos el bar. Fuera, el ambiente es poco acogedor.

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Bicis fuera, ciclistas dentro

Allepuz, Villarroya, Pitarque, Villarluengo y ahora Tronchón: ya empezamos a tener claro que no era casualidad, los pueblos del Maestrazgo son sobresalientes, por lo bonito y por lo auténtico.

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Tronchón

Para cuando volvemos a las bicis, ha dejado de llover aunque sigue el ambiente plomizo. A nadie le parece mal, es el Maestrazgo con otra luz. Tras una corta incursión en provincia de Castellón, volvemos a Teruel para pasar por Mirambel que, al parecer, según cuentan algunas voces enteradas, es especialmente atractivo… ¿más que los otros? Pues, sin desmerecer a los demás, diría que sí: Mirambel está en una zona casi llana y, para compensar la falta de protecciones naturales, tiene una estupenda muralla que rodea un casco histórico fantástico, pétreo, de calles estrechas y muros altos, pulcro pero no aséptico. Será mi propia incultura o la falta de promoción pero me sorprende ver todo lo que hay aquí y pensar que hasta ahora no tenía ni idea de que existía. Tiene un aspecto positivo: el viaje con sorpresas mola. Es como se viajaba antes (mucho antes). Ahora parece que ya nos lo sabemos todo antes de ir.

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¿Invadimos Mirambel o no?

Mirambel también tiene bar, del que damos buena cuenta.

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Al menos, tomamos la barra del bar

El resto de la tarde es por el terreno más cómodo que hemos recorrido hasta ahora, ¡es casi llano! El territorio en su conjunto es como una meseta excavada aquí y allá, de forma que el terreno tiene dos pisos, el de arriba y el de abajo. Estamos transitando por el de abajo mientras rodeamos el escarpe que nos separa del piso de arriba. El caso es que nuestro destino por hoy, Cantavieja, está en el piso de arriba. Ahí arriba:

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Cantavieja, pueblo al borde

300 metros de desnivel que la carretera salva en cómodos zig-zags.

Las murallas se confunden con los acantilados calizos. Aquí tampoco conquistaríamos nada si viniéramos al asalto en bici, menos mal que venimos en son de paz y por la puerta.

Entramos en Cantavieja ya en penumbras. La parte más antigua está al nivel estético de los pueblos anteriores pero dejamos la visita para mañana, cuando haya luz.

Día 3: Cantavieja – Linares de Mora

Pues no había mucha luz a la mañana siguiente, amanecemos envueltos en niebla. Está que si llueve, que si no, hace mucho frío, del húmedo, del que se cuela dentro, y Cantavieja tiene un ambiente casi cantábrico.

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Cantavieja en penumbras

El grupo Decemberist es entusiasta sin agenda oculta, con lo fácil que es desanimarse cuando el tiempo es tan sombrío y aquí nadie tiene dudas: pedaleamos y tomamos el tiempo como venga. Muy bien, chicos y chicas.

La ruta sigue por “el piso de arriba” y sin cañones de por medio, con lo que tenemos terreno fácil. El puerto de Cantavieja es muy tendido en ambas vertientes y nos lleva a La Iglesuela del Cid, otro pueblo que mantiene el nivel arquitectónico, con los elementos ya habituales: muralla, callejas empedradas, lavadero cubierto que nos sirve para aparcar las bicis, iglesia masiva, casa consistorial que se funde en piedra con la iglesia… también fuente. Y bar. Última escala antes del puerto de Mosqueruela y un tramo largo sin pueblos de por medio.

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La Iglesuela del Cid: plaza, iglesia y ayuntamiento

La carretera de Mosqueruela es pequeñita, esto es bienvenido. La niebla está cada vez más cerca del suelo, esto no está mal. La carretera va a través de un pinar, subir en silencio entre los árboles y la niebla es maravilloso.

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El puerto de Mosqueruela, en modo fantasmagórico

Chispea pero no importa. Cuando ya se pone a llover en serio, importa un poco más. Cuando llueve sin parar, requiere un poco de trabajo emocional para no desanimarse: hace mucho frío y estamos en ese delicado equilibrio entre seguir pedaleando para no congelarte y pedalear suave para no sudar, abrigarte lo justo para no pasar frío y aceptar que al agua no hay quien la detenga si le das tiempo. Subimos desconectados, cada cual consigo misma y su bici, pensando en el horror del descenso y el calor de algún bar en el pueblo a continuación; pensando, sobre todo, en lo bonito que es todo. La subida al puerto de Mosqueruela queda como uno de los momentos más especiales del viaje.

El otro lado del puerto resulta más montaña rusa que cuesta abajo estricta así que tampoco fue tan terrible, no hizo falta sacarnos del manillar con espátula. Llegamos a Mosqueruela-pueblo con alivio y pocas ganas de admirar arquitectura; bicis directas al bar. Nos lo hemos ganado más que nunca.

Un par de platos calientes después, rescatamos todas las cosas tendidas por los rincones y salimos a la calle para ver que ha dejado de llover.

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Sacudiendo chubasqueros

Que no es que nadie se haya quejado hasta ahora pero sí que es un cierto alivio ver que el final de jornada será tranquilo. Incluso se abre algún hueco entre las nubes por donde asoma algo de luz de poniente. Es el símbolo de la calma tras la (es un decir) tempestad.

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Luz, dos días depués

Como estamos en el “piso de arriba”, el último puerto del día es de subida corta pero hoy el destino está en el de abajo, al final de un descenso tortuoso. Linares de Mora, visto desde arriba, encajonado en su valle, rodeado de bosque y bajo este cielo tan nublado, parece más que nunca un pueblo cantábrico. El sol consigue colar su último rayo del día entre nube y horizonte:

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Linares de Mora

Una vez más, llegamos en penumbras, con la luz justa para comprobar que Linares de Mora también es súper-bonito por dentro. Asaltamos el bar de Fina y damos buena cuenta de la tortilla recién hecha y de la calabaza asada.

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El bar de Fina

Salir del bar para buscar campamento en medio de la noche y con temperatura por los suelos puede parecer anticlimático pero, qué va, es el comienzo de otra rutina del viaje que ya es un automatismo entretenido. Encontramos una pradera estupenda y el druida nos prepara una ensalada de invierno para redondear la cena. Qué bien todo.

Día 4: Linares de Mora – Alcalá de la Selva

Nuestro siguiente amanecer ya es bajo cielo despejado. Hace que las cosas parezcan más fáciles.

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Dormir bien y amanecer mejor

Justo antes de dejar Linares atrás, un nubarrón aislado se coloca encima y nos hace el contraste perfecto mientras el sol le da de frente; castillo, iglesia y casas en cascada:

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El técnico de luces apunta a Linares de Mora

Cuesta arriba y bajo el sol, recorremos el borde sur de la sierra por la que llevamos dando vueltas todos estos días. En diciembre, el sol es más amigo que nunca: por el calorcillo y por la luz oblicua que hace que todo aparezca tan bonito.

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Colores otoñales (técnicamente, aún es otoño)

Salimos, casi, de los límites de la sierra para bajar hasta Rubielos de Mora, el pueblo más grande y más urbano que hemos visitado hasta ahora. Aquí sí que hay una diferencia clara entre el casco viejo y los barrios de extramuros. Los pueblos pequeños de días anteriores tenían más encanto pero la parte antigua de Rubielos es igualmente interesante. En lugar de el bar, asaltamos la panadería (nunca subestimes lo que un/a ciclista hambriento/a puede llegar a comer)

La carretera entre Rubielos de Mora y Mora de Rubielos es más troncal de lo que nos gusta pero tiene muy poco tráfico y la luz sigue siendo especial. No sabemos si entre ambos pueblos tienen coñas mutuas respecto al lío de nombres. En nuestro caso, creo que nunca fuimos del todo capaces de distinguir uno del otro.

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De Rubielos de Mora a Mora de Rubielos (y no es broma)

Volvemos a meternos en las montañas y eso es buena noticia. Subiendo el puerto de San Rafael, el sol se pone y la temperatura baja 50 grados (o más) de golpe, o algo así. Desde el collado, se ve un valle amplio y muy agradable, un tanto estropeado por las urbanizaciones feas que han surgido, suponemos, al calor (es un decir) de la estación de esquí.

Apretamos los dientes para bajar hasta Alcalá de la Selva sin parar, o esa era la idea, pero en el pueblo previo, cuando ya se hacía de noche, nos encontramos con una aparición luminosa que no podíamos dejar pasar:

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¡¡¡Churros!!!

El churrero estaba en plena operación de bañado de chocolate (a los churros). A la mierda el gluten y el azúcar.

Alcalá de la Selva está detrás de un recodo del valle y, será por eso, parece alejado de la asepsia de las urbanizaciones, muy al contrario, es otro pueblo con súper-encanto aunque, una vez más, lo tenemos que admirar a la luz de las farolas. Se hace de noche muy pronto en Diciembre.

Día 5: Alcalá de la Selva – El bosque

-6ºC al amanecer, ¡por fin frío del bueno! Nos queda claro que la temperatura no lo es todo: es una mañana tranquila y agradable en la chopera y, a pesar de los dígitos negativos, se está muy bien.

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Chopera nevera

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Presión estable, eso sí. Buen tiempo

Empezamos jornada con el puerto más largo del viaje que, curiosamente, no está nombrado en el mapa ni tendrá placa en el collado: parece que la estación de esquí se lleva todo el protagonismo. Dentro del engendro que son las estaciones de esquí, esta, por lo menos, será pequeña y me confieso a mí mismo que tengo cierta curiosidad por ver cómo es una estación de esquí al sur de Teruel.

La segunda parte de la subida es boscosa y a estas horas aún no le ha empezado a dar el sol. Las secciones de sombra son como una nevera, el asfalto está escarchado y la rueda tractora resbala a veces. Mientras sea en ascenso, es divertido.

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Carretera escarchada (salvo donde da el sol)

Un poco más arriba empieza a haber nieve en las cunetas. ¡Qué fácil es pegar bolazos a ciclistas cuando van cuesta arriba!

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Un poco de nieve, nada más

La estación de esquí es, efectivamente, un engendro y, además, está abierta, aunque no parece haber nieve suficiente. Contrasta el mundo del pladur con los muros de piedra del Maestrazgo que hemos visto hasta ahora. La cafetería, en vez de torreznos, tiene bollería industrial: “mierda” de la buena.

Nos preocupaba un poco el descenso por carretera escarchada pero resulta que al otro lado los árboles se acaban enseguida, dando paso a una amplia zona de praderas de altura. Todo está soleado y el asfalto, seco. Era muy bonito subir en la reclusión del bosque y es muy bonito también bajar entre horizontes amplios y luminosos.

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Nos temíamos esto…

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… pero fue más bien así

Valdelinares presume de ser el pueblo más alto de España y, a casi 1700 metros, no me cabe duda que lo será. Además de alto, es muy bonito, al nivel de los más pequeñitos y rústicos que hemos visitado ya.

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Valdelinares, desde dentro

Dejamos el asfalto para salir de Valdelinares hacia arriba, por una pista que nos lleva al altiplano. Hay un claro escarpe que superar. La pista nos lleva hacia el punto débil.

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Hacia el altiplano

Antes de superar el borde, echamos la vista atrás para poner Valdelinares en perspectiva:

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Valdelinares, desde fuera

El altiplano es un rasgo que ya hemos visto y pedaleado en viajes anteriores en otras zonas cercanas como Albarracín o la Serranía de Cuenca. Es precioso ir por él, bajo un cielo gigante, sin más tráfico que el nuestro y con el añadido de la luz oblicua de un atardecer de diciembre.

El altiplano alterna zonas de bosque y zonas de claro; las primeras, más acogedoras, las segundas, más sobrecogedoras. Sobra decir que nos gustan ambas.

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Atardecer en el altiplano

Llegamos al extremo opuesto del escarpe y salimos del trance para desembocar en una amplia vista del “piso de abajo”, donde aparece Nogueruela. Nuestra ruta es un “ocho” y estamos en el cruce: por Nogueruela ya pasamos dos días antes aunque entonces no vimos mucho más que el bar en el que nos metimos rápidamente, fue el día y rato de más lluvia. Hoy hace sol y bajamos hasta allí con más calma.

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Mosqueruela

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Puerta abierta

Hoy es nuestra última noche de viaje y decidimos ir a por todas: en lugar del plan habitual de echar un rato en el bar una vez se ha hecho de noche (pero son solo las 6) y luego buscar campamento a lo que salga, decidimos despedirnos con estilo y buscar con calma un buen sitio en el bosque. Salimos de Nogueruela por una carreterilla ideal, de las estrechas, y vamos avanzando a lo largo de prados no muy discretos a la espera de llegar a zona de árboles y mimetizarnos por ahí. Al final, acabamos buscando sitio ¡en la misma oscuridad de todos los días! pero finalmente con éxito. Será nuestro campamento más silvestre.

Día 6: bosque – Allepuz

Amanece todo blanco. No, no ha nevado, aunque lo parece: es todo escarcha pero de la gorda.

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Gran escarcha

Curiosamente, ha hecho menos frío que la noche anterior (sólo -4ºC) pero creo que ha habido temperaturas bajo cero durante más rato; prácticamente, desde que se fue el sol. El otro fenómeno (conocido pero llamativo) es que sólo hay escarcha en las zonas con contacto visual directo con el cielo. Bajo los árboles, no la hay, nada.

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Sólo una tienda congelada (la mía…)

Si vais a dormir bajo cero, poneos bajo los árboles.

Volvemos a la carretera para recorrer uno de los tramos más evocadores de todo el viaje. El mapa marcaba presencia de bosque en toda la zona y así es, un extenso pinar en tierra libre, sin vallas, naturaleza de la buena, dentro de lo que cabe. La carretera ayuda, a su manera, porque es muy menuda y no hay ningún coche que venga a traer ruido y mal olor.

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Carretera perfecta

Dejamos la carretera asfaltada para coger otra sin asfaltar (vulgo, pista amplia) con lo que perdemos un poco de calidad rodadora pero ganamos otro poco en calidad de la experiencia. Nos sentimos, emocionalmente, un poco más cerca del terreno por el que viajamos.

Salimos del bosque para desembocar en el amplio valle donde está Fortanete, nuestro último pueblo en ruta.

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Fortanete al fondo

El sol hace el ambiente agradable y los bares ya no parecen tan imprescindibles como en los primeros días de viaje pero nos siguen gustando; además de refugio, ofrecen también contacto con la gente y la vida locales y eso nos gusta.

De Fortanete ya no comento nada. Es igual de bonito que todos los demás pero ya no nos sorprende.

Ahora tenemos que volver al piso de arriba. El escarpe, una vez más, es evidente y da paso a otro tramo de meseta del que esperamos grandes cosas. Antes, hay que superar la que acabará siendo la cuesta más dura de todo el viaje. Hará estragos en nuestro exiguo pelotón pero, una vez arriba, efectivamente, tenemos más trozos de paraíso por recorrer.

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Puerto de Fortanete

Con o sin árboles, el altiplano es mágico. En su parte más elevada, las praderas y aquel rebaño a lo lejos nos hacen sentir en la estepa de Mongolia (y no es licencia poética, alguien lo mencionó y varios lo habíamos pensado)

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Praderas de altura

Ya sólo nos queda un larguísimo descenso, por aquí:

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Todo para abajo

Completamos el segundo bucle de nuestro “ocho” por el Maestrazgo y volvemos a Allepuz, el pueblo de nombre extraño e iglesia gigante.

Resumen

Por lo que más queráis, visitad el Maestrazgo. En lo paisajístico, está a la altura de las regiones vecinas de Guadalajara, Cuenca y la propia Teruel que hemos estado recorriendo en los últimos años: bosques, roca, naturaleza viva y poca presión humana; carreteras amables para el viaje en bici y muchas pistas para elegir si se quiere estar aún más lejos del ruido. Por lo demás, si algo pone al Maestrazgo una nota especial es la geografía humana y, especialmente, su arquitectura sorprendente, legado de un pasado importante y conservada cual Pompeya sin volcán. El Maestrazgo es, entre otras cosas, un viaje en el tiempo en el que la actualidad sigue viva y ha resultado un sitio acogedor a nuestra forma de viajar. Y, sí, hacía frío.

Ruta

La ruta partía de una idea inicial y se fue fabricando sobre la marcha. Quedó así:

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Maestrazgo Decemberist Final en plotaroute.com

Nuestro viaje ha tenido dos ámbitos marcadamente diferentes, en lo físico y en lo humano: la isla grande, por un lado, y las Hébridas Exteriores, por el otro.

Por “isla grande” nos referimos a lo que sería “el continente” si no fuera porque Escocia ya está en una isla, como ya sabéis por expresiones tan conocidas como “las islas británicas” o “Cameron de la isla”. En inglés, como de costumbre, hay una expresión más compacta y elegante (mainland) con un sólo defecto para utilizar en un texto en español y es que ¡está en inglés! pero la usaré cuando me canse de tanto circunloquio raro de doble palabra.

A las islas Hébridas las acabamos llamando, local y coloquialmente, las “islas ebrias”, denominación que no se corresponde con la realidad pero nos hacía mucha gracia.

Mainland vs Hebrides

En la Isla Grande, circulábamos por carreteras secundarias, siguiendo la costa, en lo posible, por terreno escarpado y con escasa población, menos cuanto más al norte, agrupada en pequeños núcleos. Poca población y pocas bicis viajeras: nos encontramos con sólo un puñado en dos semanas.

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Loch y montañas: la costa oeste en una foto

En las Hébridas, las carreteras eran similares pero no secundarias; normalmente, era la única carretera o, como mucho, la “otra” carretera. No había mucha opción, o ninguna. El terreno era mucho más llano, salvo el tramo de Harris. La densidad de población era similarmente escasa pero el formato, muy diferente: en lugar de núcleos, el poblamiento estaba mucho más disperso.

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Verde y llana North Uist

Curiosamente, en las Hébridas había muchas más bicis viajeras y la única razón que se nos ocurre es el tirón de que se trate de una ruta señalizada. Nótese que no hay nada más que señales (la carretera no tiene nada de especial) pero sólo con eso ya había muchas bicis más que en el Mainland.

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Hebridean Way (South)

Fueron dos semanas en la isla gorda y una en las islas pequeñas. Ambas fases fueron muy bonitas. Personalmente (y esto es muy personal), el Mainland me pareció más interesante para el viaje en bici: más variedad de paisajes, más montañoso, carreteras más remotas y, al mismo tiempo, más sitios donde parar y guarecerte, si hacía falta. En las Hébridas, el propio lugar tiene un cierto aire remoto pero estás en la única carretera, todo el tráfico va por ahí, aunque sea escaso. El terreno es bastante llano (salvo en Harris) y encuentras granjas constantemente pero, paradójicamente, lo que no hay es pueblos. Los núcleos habitados, cuando los había, parecían más una serie disjunta de casas próximas. Tampoco hay apenas pubs o sitios públicos, en general; especialmente, en North/South Uist. Las Hébridas son una pequeña paradoja de sitio remoto con presencia humana constante.

En el Mainland, pasábamos muchos kilómetros sin ver ninguna casa y apenas tráfico en un ambiente variado de constante sube-y-baja, de valle en valle, de loch en loch, entre esos paisajes típicamente escoceses de las pelis.

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Mainland

Las Hébridas eran más monótonas: Lewis es una inmensa turbera, parda y ondulada; Harris es montañosa, recupera parte del encanto del Mainland y cuenta con esas hermosas playas de arena fina y aguas turquesa. North Uist, Benbecula y South Uist son verdes y llanas y no hay apenas pueblos. En las Hébridas exteriores casi no hay árboles. El mar está siempre muy presente: si no se ve, se intuye.

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Hébridas

En la isla principal están los paisajes más típicamente escoceses: montañas y lochs. Cuando la carretera era estrecha y poco frecuentada, la escena era maravillosa, la experiencia ciclo-viajera casi perfecta. Las Hébridas exteriores tienen el glamour de la insularidad y muchos paisajes preciosos. Ambos entornos son estupendos para viajar en bici. La costa oeste del mainland,  aparentemente, es un lugar menos obvio y quizá por eso me atrevo a recomendarlo especialmente: es la esencia de Escocia en su mejor versión. Si alguien hubiera diseñado el mundo para viajar en bici, le habría salido algo muy parecido.

Escocia NO: Logística

La logística de un viaje es aburrida comparada con el propio viaje pero, si planeas hacer una ruta similar (una excelente idea), te interesará la información. Cuando menos, puedes echarle un vistazo a las fotos.

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La info es poder

Transporte Aéreo

Para volar a Escocia, las mejores opciones suelen ser las obvias Glasgow y Edimburgo. Son prácticamente intercambiables porque es fácil viajar entre una y otra, incluso con la bici. En este caso, para ir al oeste nos habría venido mejor Glasgow pero no teníamos vuelos directos hasta allí (en el pasado, los había) y a Edimburgo sí. Pues a Edimburgo.

Volar con la bici siempre es un marrón pero saber que siempre lo es no nos desmotiva para hacer lo posible por que sea menos marrón. En este caso, la elección de aerolínea estaba clara (la que había) así que estudiamos sus condiciones para transportar bicis y, albricias, eran interesantes: Easyjet es una compañía en general cutre e incómoda por lo al límite de su propia logística que suele acabar en retrasos; a veces, astronómicos. En lo que a la bici como equipaje respecta, por contra, no está nada mal e incluye un detalle importante: la bici puede ir embolsada, no necesariamente en una caja.

Todo el mundo se nos asusta: “Y ¿dejáis las bicis en manos del personal de aeropuerto metidas en una bolsa?”

Pues sí, es un riesgo. Ya sabemos que el trato exquisito no es una prioridad de quienes manejan el equipaje. Por otra parte, viajando a un sitio como Escocia, el riesgo es limitado; si algo se rompe, no será nada que no se pueda arreglar una vez en destino.

La parte interesante es que esto nos facilita enormemente la logística, la nuestra. Podemos ir pedaleando al aeropuerto o llevarla en el tren pero tal cual, como bici, sobre sus ruedas. Embalamos la bici in-situ, en la terminal, se la endosamos al handling y nos vamos a tomar un café. En destino, revertimos la operación: recuperamos la bici, la reconstruimos y salimos pedaleando. Igual que hacemos al viajar en tren. Esto está a años luz de la complejidad de las cajas, que convierten a las bicis en unos monstruos inmanejables.

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Paquete compacto con mínimo esfuerzo: quitar pedales, ruedas y poco más

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Los espíritus también quieren echar un vistazo al embolsado

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Fly & Ride

Easyjet cobra extra por la bici pero la cantidad no es estratosférica. Teniendo en cuenta que Easyjet cobra por todo, al menos, no te queda la sensación de discriminación negativa.

En retrospectiva, podemos contar que todo salió muy bien. A la ida, hubo suerte, cero desperfectos. A la vuelta, un eje de rueda doblado que pudimos recuperar (desdoblar) para seguir rodando. En parte, culpa nuestra por no haber retirado los ejes, que es una operación sencilla y que merece la pena, por el riesgo que evita.

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Lo pudimos enderezar in-situ, a martillazos

Utilizamos nuestras bolsas básicas, las mismas que usamos en el tren. Son bolsas sencillas y vienen de serie abiertas por un lado así que les hemos añadido una cremallera para poder cerrarlas completamente, algo imprescindible, en este caso, dado que las van a manejar terceras personas sin nuestra presencia. No podemos arriesgarnos a que algo se suelte y se caiga.

Tuvimos que viajar 3 semanas con las bolsas de marras pero nuestro equipaje es ligero y nos lo podemos permitir. No hizo falta buscar cajas de cartón de cara al viaje de vuelta y todo nos resultó más cómodo, lógico y civilizado. Seguiremos buscando compañías aéreas que admitan esto.

Transporte terrestre (motorizado)

La red de ferrocarril es un tema serio en el Reino Unido, también en Escocia. Es el medio de transporte público por defecto, aunque un tanto erosionado en los últimos años por el alto precio de los billetes. Para otros viajes (sin bici), he tenido en cuenta los servicios de autobús a la hora de decidir cómo viajar; en el caso de este viaje, no. Ni nos hemos molestado en investigar las condiciones de transporte de bicis en los autobuses interurbanos pero, por muy buenas que hubieran sido, no habrían estado a la altura de lo que ofrece el tren.

ScotRail es la única operadora de ferrocarril que conozco en Escocia, creo que no hay ninguna más. Su política para el transporte de bicis es bastante abierta. En general, se pueden llevar bicis en los trenes sin mayor problema, haya o no infraestructura específica para colocarlas. En los trenes que la tienen, en teoría, es necesario reservar plaza para la bici al comprar el billete pero nunca nos acordamos de hacerlo y siempre viajamos sin mayor problema.

Tomamos el tren en cuatro ocasiones; esto es lo que encontramos:

  • De Edimburgo a Glasgow, no había lugar específico para las bicis pero no hubo problema en acomodarlas, tal cual, tan sólo quitando las alforjas, por comodidad y por ocupar sólo lo imprescindible. Hay al menos dos rutas diferentes entre ambas ciudades y nos consta que hay trenes que cuentan con lugar para bicis y otros que no.
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Al revisor le pareció bien así

  • De Glasgow a Wemyss Bay (en la costa, al oeste de la gran ciudad), idem.
  • Ya en el viaje de vuelta, de Oban a Glasgow el vagón tenía un apartado con ganchos para colgar un total de 6 bicis, 3 a cada lado:
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Vestíbulo para bicis en la línea Oban-Glasgow

  • De Glasgow a Edimburgo, cogimos un tren que tenía este práctico y cómodo sistema para colocar un par de bicis (o tres, muy apretadas):
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Más cómodo y elegante que los ganchos

En el espacio web de ScotRail se pueden consultar sus normas para el transporte de bicis. Al margen de la teoría, nuestra impresión es que primaría la posibilidad de viajar mientras no hubiera una incompatibilidad evidente (tren atestado o algo así)

Finalmente, apuntar que, en Edimburgo, aunque se puede pedalear hasta el aeropuerto o coger un tren que te deja cerca, hay otra opción muy cómoda para llegar con las bicis hasta allí: el tranvía. Como ya era de noche, preferimos evitar el tráfico y cogimos este tranvía, en el que las bicis pueden montar tal cual. Muy cómodo.

Transporte acuático

Hemos tenido que coger muchos ferries, sólo dos de ellos de largo recorrido (para ir y volver de las Hébridas); el resto, trayectos más o menos cortos para salvar lochs. Los ferries acaban siendo una parte integral del viaje y conviene tener en cuenta sus horarios para que no supongan una interrupción. Por lo demás, nada destacable: ¡son barcos preparados para llevar camiones! las bicis entran sin problemas y en ningún caso han supuesto un cargo adicional.

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Ferry pequeñito para ir ahí enfrente (Mull a Ardgour)

Todos los ferries que hemos usado salvo uno pertenecían a Caledonian MacBrayne (alias “CalMac”). El que queda era de Western Ferries.

Los ferries eran sorprendentemente baratos, visto el índice general de precios de las cosas. Tiene pinta de que están subvencionados con dinero público para asegurar alta disponibilidad (horarios frecuentes) y precios asequibles.

En los trayectos cortos, no hace falta planear nada, sólo el horario de comienzo y final del servicio. Se trata de un barco yendo y viniendo todo el rato. Puedes contar con que siempre hay sitio.

En los trayectos medios y largos, hay unos horarios de viaje definidos. Normalmente, no va a haber problema de espacio para personas/bicis. Se puede comprar el billete con antelación, es válido para no-sé-cuántos meses y no es específico para una fecha o servicio concretos, se hace efectivo en el momento de viajar.

Ésta es la lista de barquitos que utilizamos; por orden cronológico:

Mcinroy’s point – Hunter’s quay

Oban – Craignure (Isle of Mull)

Fishnish – Lochaline

Mallaig – Armadale (Isle of Skye)

Ullapool – Stornoway

Leverburgh – Berneray

Lochboisdale – Mallaig (en nuestro caso, cambiado a última hora a Oban por el estado del mar)

Coger ferries mola. Es fantástico ver los paisajes despacito y desde el agua. Pueden pasar cosas como ver delfines, que nos seguían en el trayecto entre Ullapool y Stornoway, o echar la pota, como nos pasó entre Lochboisdale y Oban a causa de las olas y lo que se movía aquello. No tenemos fotos de ninguno de los dos eventos.

Alojamientos

La tienda de campaña es el nivel 1, nuestro alojamiento por defecto. Nos resulta fácil que así sea porque nos gusta acampar, es uno de los objetivos del viaje. La tienda aporta una gran libertad, especialmente en un sitio como Escocia donde se puede acampar libremente en terreno público y muchos pueblos tienen algún tipo de zona de acampada, además de los campings clásicos, que también hay. Hay otras modalidades menos ortodoxas como el prado de una granja, el cesped de un hotel rural o el village green de un pueblo, ¡Vale casi todo!

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Kilmartin village green

Pasamos en la tienda 9 noches.

Pasamos a nivel 2 cuando nos apetece. El factor básico en que nos apetezca es el tiempo meteorológico. En Escocia llueve habitualmente y, en la costa oeste, más. Cuando llueve, todo se vuelve más incómodo, tanto el pedaleo como la pernocta y nos da mucha paz mental saber que podemos facilitar mucho esta última. Nos ayuda a seguir pedaleando y disfrutar también del tiempo lluvioso. Lo tomamos como la versión húmeda del buen tiempo.

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Gairloch Sands, albergue junto al mar

El nivel 2 está cubierto por los albergues. En Escocia, la red de albergues es muy densa y casi puedes contar con que haya uno en cada población importante, además de muchos otros en poblaciones pequeñas e incluso algunos en entornos no urbanos. Los albergues nos gustan mucho, son sitios acogedores pensados para la gente viajera, también la gente que viaja en bici. Suelen contar con un lugar para guardar las bicis o, en su defecto, buena disposición para colocarlas donde estén bien, en todos los sentidos.

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Declaración de intenciones inequívoca

Respecto al encaje de las bicis, cuidado con los albergues de las ciudades grandes, que pueden estar enfocados al turismo clásico y pueden no tener nada previsto para ellas. En Edimburgo, concretamente, en nuestra última noche del viaje, elegimos ciegamente un albergue céntrico en el que no tenían ningún sitio para guardarlas y acabamos teniendo que comprar un candado caro para dejarlas en un aparcamiento público.

Una característica específica de Escocia es que los albergues son una forma muy habitual de alojamiento, hasta el punto de que son el por-defecto de mucha gente, no sólo viajeros de otros países y/o gente joven sino también gente local. Los utilizan mucho los montañeros y ciclistas. Como consecuencia, la oferta es muy amplia. Es habitual que los hoteles clásicos situados en zonas de concentración montañera o paisajística tengan una sección de albergue. Buscad los Bunkhouse, denominación habitual de muchos albergues; particularmente, de aquellos que son una sección de un establecimiento hotelero clásico.

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El hotel en Kinlochewe tiene sección “de batalla”

Los albergues son asequibles, vienen a costar la mitad que un hotel clásico para dos personas. Pasamos 8 noches en albergues a lo largo del viaje.

El nivel 3 consiste en un hotel de algún tipo. Activamos el nivel 3 cuando no hay posibilidad de alojamiento a nivel 1 ó 2 o sería demasiado complicado o incómodo. La única pega importante es el precio; nada nuevo bajo las nubes, los hoteles son una cosa cara. Al margen del factor económico, los hoteles de las highlands suelen ser lugares encantadores y que merece la pena probar, siquiera una vez. Buscad un hotelito rural ubicado en un edificio antiguo y (sobra decirlo) que tenga pub. Tomadlo como un merecido homenaje.

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Como el propio nombre indica, posada de carromatos. Ahora, también de bicis

Sólo pasamos una noche en un hotel y fue, efectivamente, encantador.

Provisiones

El noroeste de Escocia está poco poblado pero las poblaciones que hay están situadas, lógicamente, a lo largo de las mismas carreteras que recorremos. Con la autonomía que da una bici, incluso a nuestro tranquilo ritmo de 60 km diarios es fácil encontrar un sitio donde reaprovisionar casi cada día. En muchas ocasiones, se tratará de una tiendita pequeña con selección limitada pero suficiente para comprar las cosas básicas de comer.

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Oficina postal, Café, bebidas alcohólicas y de todo. Típica tienda de pueblo pequeño

Con todo, acostumbramos a llevar encima provisiones para dos o tres días. Nos da autonomía y nos libera de preocupaciones que no queremos tener para poder concentrarnos en el viaje y que no nos limite el tener que llegar a un cierto sitio a una cierta hora. Viajamos con equipo ligero y esto nos permite llevar comida para varios días sin problemas de peso o espacio.

Sólo encontramos tiendas grandes, tipo supermercado, en unos pocos sitios: Oban, Ullapool, Stornoway, North Uist y Balivanich (Benbecula). En Oban y Stornoway, en realidad, ni miramos, pero seguro que tenían supermercados, siendo localidades grandes.

Nótese una marcada frontera entre Mainland e islas respecto a los servicios y su formato: en las Hébridas exteriores, encontramos pocos pubs, cafés o tiendas de pueblo; probablemente, porque había poca cosa que se pudiera llamar “pueblo”, el poblamiento era más constante que en la isla principal pero muy disperso. Quizá por eso había, en su lugar, más supermercados. Uno de ellos (North Uist) estaba directamente junto a la carretera, fuera de poblado.

Mainland o Hébridas, no ha sido un viaje problemático en cuanto a provisiones. No pasarás hambre en Escocia.

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Cheddar curado y Oatcakes. Se encuentran en todos los sitios. Muy ricos ambos, no os vayáis de Escocia sin probarlos

The Decemberists, 2016

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Maestrazgo Decemberist en plotaroute.com

(Teruel city a la izquierda, el Mediterráneo a la derecha, para que os situéis)

Ya es diciembre otra vez y nuestras bicis se remueven en sus aparcaderos. Ya saben lo que pasa: nos ponemos la etiqueta Decemberist y nos vamos a pedalear y acampar en sitios fríos.

Estamos en Iberia, ¿dónde vamos en diciembre para ver si nos va bien esto del frío? Tras unos cuantos años, ya hemos probado las opciones ortodoxas: En Soria, buscamos al zorro polar y encontramos al zorro normal. En León, huellas de oso. En Segovia, llegamos a -8ºC con la impresión de que “se estaba muy bien”. En Ávila, el tiempo estuvo muy tranquilo.

Ya en 2015 empezamos a buscar destinos alternativos y estuvimos por Albacete-Granada-Córdoba. Sur pero alto, echábamos mucho vaho con el aliento. Zonas fronterizas, que son las más interesantes, es donde pasan más cosas de las poco convencionales.

Para 2016, retomamos esa última idea y nos vamos a una región en la que el fronterismo viene de serie y la altitud, también: el Maestrazgo, a caballo entre Teruel y Castellón, dos regiones vecinas pero apenas relacionadas en el imaginario popular. Normal: Castellón sólo es playa y Teruel no existe.

La zona encaja estupendamente en nuestro estándar genérico: un grupo de montañas poco frecuentado, pueblos pequeños, carreteras con poco tráfico, muchos caminos y escasa presión humana. Pedalearemos por el día y acamparemos por la noche. Visitaremos los bares entre una cosa y la otra.

Volvemos al formato circular, con lo que facilitaremos la logística y nos concentraremos en la zona de interés, a costa de prescindir del transporte público y del viaje lineal. Es difícil decir qué es mejor; dejémoslo en que, esta vez, simplemente, ha salido así.

En diciembre de 2016, vamos a sacar las bicis por ahí para comprobar si Castellón tiene interior y si Teruel existe siquiera. Veremos si hace frío o no. Tenemos 6 días, del 3 al 8.