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Un mapa de Ancares es fascinante: el terreno es muy complejo, por lo montañoso pero no sólo, también por lo intrincado de los valles, que no tienen una dirección dominante.

Si el mapa es de carreteras, el lío se acentúa: una red de vías secundarias llena de curvas y que, lo mismo que los valles, se extiende en todas direcciones. Es ver un mapa de estos y empezar a imaginar rutas en bici. Ancares estaba en el radar desde hace tiempo.

En esta ocasión, razones logísticas han hecho que nuestro viaje se haya repartido entre Ancares y otras zonas limítrofes: Muniellos, Ibias y una esquina del Bierzo. Entre Asturias, Lugo y León.

Mapa Ruta

Ancares Muniellos en plotaroute.com

Degaña – San Antolín de Ibias (Asturias)

El valle del Ibias puede parecer una forma fácil de comunicación entre León y Asturias pero, como es costumbre en la cordillera Cantábrica, no hay camino sencillo. El Alto Ibias sí que es accesible desde la Laciana leonesa por un puerto (Cerredo) moderado pero, aguas abajo, el Ibias se encajona y ya no hay quien lo siga. Las carreteras de salida del valle se suben por las paredes o se meten bajo tierra.

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Valle abajo, Alto Ibias

Salimos desde Degaña, en el Alto Ibias, aguas abajo hasta el túnel del Rañadoiro, que sustituye al puerto del mismo nombre que comunica con el valle contiguo, en la cuenca del Narcea. Son 2 km de túnel.

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Túnel del Rañadoiro

El puerto del Connio tiene un nombre curioso, 800 metros de desnivel y 12 km de longitud que producen una ascensión larga y cómoda a través de un paisaje magnífico. Es la única carretera que cruza la reserva de Muniellos, en los últimos confines de Asturias y uno de los últimos confines del oso ibérico.

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Muniellos

La sensación es extraña, a medio camino entre el árbol y el arbusto. En la distancia, es como si todo fuera bosque pero, en primer plano, los árboles aparecen con poco porte. Quizá el hecho de que aún estén sin apenas hojas les haga perder presencia. Nos da mucho el sol pero no hace calor. Llegamos arriba del todo.

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Puerto del Connio

Por el otro lado, el desnivel es aún mayor: 1000 metros y casi 20 km para volver al Ibias. La bajada es tan tendida como la subida y resulta perfecta para deslizar sin frenar y admirar el paisaje. Es el momento ciclista perfecto.

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Larguísimo descenso

El fondo de valle es mucho más frondoso. El Ibias ya es un río grande. Llegamos a San Antolín, el pueblo más importante de la zona. Su iglesia tiene una curiosa espadaña de piedra oscura:

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San Antolín de Ibias, iglesia oscura

Nos hacemos un hueco en un prado de los alrededores.

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Una tienda y dos bicis

San Antolín – Vilarpandín (Asturias/Lugo)

La ribera del Ibias tiene algunos árboles antiguos y monumentales como los del Bosque Viejo del Señor de los Anillos:

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Árbol momumental

En San Antolín, dejamos de lado el Ibias para cruzar hacia Lugo y los Ancares. Eso significa subir un puerto para cambiar de valle. La subida es una ristra de curvas de herradura, esas tan fotogénicas:

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Cambiar de valle = subir cuestas

Una vez arriba, y aunque aún estamos en Asturias, nos metemos en terreno Ancares: montes por todos los lados, valles estrechos, carreteras minúsculas que suben, bajan y atraviesan laderas; aldeas más minúsculas que las carreteras que llegan hasta ellas. Es todo subir y bajar, ¡no hay nada llano!

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Ciclistas contra el cielo gris

Hay poco bosque y mucho arbusto. Tiene pinta de que la acción humana tiene mucho que ver con eso. Alrededor de las aldeas, prados verdes.

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No nos interesa la salvación; preferimos perdición

La Sena es el último pueblo de Asturias por este lado. Es muy pequeñín pero tiene bar. Es abril y no podemos decir que haga frío pero el día está nublado y fresco y agradecemos la chimenea encendida. Hacemos un alto para comer.

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Entramos en Lugo y en la cuenca del alto Navia, río marcadamente asturiano pero cuyo primer tramo es gallego. Qué cosas se aprenden viajando en bici…

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Alto Navia

Navia de Suarna es una villa magnífica, de puro ambiente cantábrico, edificada en piedra alrededor del río y con el puente antiguo como elemento más fotogénico y destacado:

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Navia de Suarna está a 300 metros de altitud. Desde aquí, iniciamos una subida discontinua hasta los más de 1600 m del puerto de Ancares, que comunica con León. Nos llevará casi un día entero llegar allí; un día con su noche. Por lo que queda de éste día, terminamos con una subida empinada pero corta para salir del Navia por las paredes. Preciosas luces de atardecer:

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Luces de atardecer

Cuando se va el sol, nos deja unos cielos espectaculares:

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La atención se desvía al cielo

No es fácil encontrar un sitio llano entre tanta cuesta y menos aún que no tenga arbustos pinchosos. Los prados del ganado son los únicos terrenos acampables y no tardamos en conseguir uno, gentileza de un vecino (gracías, tío)

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Segunda noche

Vilarpandín – Tejedo de Ancares (Lugo/León)

Estos son los Ancares tal cual me los había imaginado viendo aquel mapa: carreteras estrechas, aldeas colgadas de las laderas, valles profundos, hórreos de madera, tejados de pizarra. Magnífico escenario para el viaje en bici.

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Al fondo, lejos, lejos, las montañas que nos separan de León y un panorama de lo que tendremos que recorrer a lo largo de prácticamente todo el día en una sucesión infinita de cuestas: arriba, abajo, otra vez arriba, nunca en llano.

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Para que os hagáis una idea de lo que es recorrer esto, menos primer plano y más panorama:

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Piornedo es el último pueblo de Lugo. Tiene un pelín de aspecto de parque temático de la arquitectura tradicional, entre pallozas y hórreos. Es muy bonito, de todas formas.

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Piornedo

Sólo nos queda el último tramo de puerto, el de las rampas más empinadas, ese al que hacía referencia la gente cuando nos veía pasar y ponía cara de circunstancias según miraba alternativamente a las bicis, a los equipajes y a las montañas y nos decía que algunos coches subían en primera. Nosotros/as también.

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Curvas y cuestas en el puerto de Ancares

Emergemos en un cruce con otra carretera un poco más ancha para hacer el último kilómetro con las mejores vistas:

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Ciclistas a punto de triunfar

Llegamos, por fin, al collado que marca el puerto de Ancares, 1669 metros según la señal en la carretera. Las bicis miran hacia el valle leonés y a la cuesta abajo que viene a continuación:

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Puerto de Ancares

El descenso es de 800 metros verticales continuos aunque hoy no los haremos todos. Vamos a quemar zapatas.

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Descenso hacia León

El valle de Ancares, en la vertiente leonesa de la región, se acerca más al paradigma de las zonas de montañas, donde las carreteras, los pueblos, los prados y los cultivos están en el fondo de valle. Los árboles aún no tienen hojas.

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Valle de Ancares

Tejedo de Ancares es el primer pueblo que encontramos. Pasamos un rato agradable en el bar local.

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Tejedo de Ancares

Acampamos en los alrededores.

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Noche en el valle de Ancares

Tejedo de Ancares – Degaña (León/Asturias)

Terminamos el descenso del valle que nos llevará a la cuenca del alto Sil. Pasamos junto a algunos castaños monumentales; supera esto, Calatrava:

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Castaño monumental

El siguiente capítulo no tiene nada que ver con los Ancares ni los Muniellos, tampoco con el Ibias o el Sil. Es la despedida del señor Novés. Nuestra ruta común acaba aquí y no le vamos a volver a ver en mucho tiempo. Se nos va de viaje a gran escala, estará  2 años caminando y pedaleando por América. Improvisamos una fiestuki especial de terraza de bar:

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2 años (de viaje)

Podéis seguir su viaje en su Twitter @bykenico.

El resto de la ruta se nos hace bola. Es un trámite incómodo, ahora que nuestro amigo ya no está, pero aún pasamos por sitios bonitos. El tránsito hasta el valle del Sil es un tanto rutina pero luego giramos hacia las montañas y todo se vuelve interesante otra vez: un valle estrecho y una carretera que asciende sin parecerlo:

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Intentando cruzar a Asturias

Hace un poco de calor y lo mejor es acercarnos al arroyo a por sombra y agua fría. Siempre funciona. Además, nos da para disfrutar de la luz filtrada como sólo la filtran los bosques de ribera:

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Río Valdeprado

Terminamos de subir el puerto por esta carretera tan rara, es una vía de acceso a una mina y no tiene señales ni indicaciones. Tampoco hacen falta, no hay pérdida, aunque la subida es tan suavecita que no queda claro cuándo ponemos rueda en Asturias. Tampoco importa; lo tenemos claro cuando llegamos a la vista del valle del Ibias:

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Ibias, Asturias

El resto ya es un trámite: nos dejamos caer hasta el fondo de valle y, a continuación, hasta Degaña, cerrando el círculo abierto cuatro días atrás. Últimos metros por el alto Ibias:

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Últimos metros

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Hay 3 datos en ese título; uno de ellos, el año, es poco relevante porque no modela la experiencia, sólo está ahí para poner marco temporal. Los otros dos son la clave.

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Maestrazgo sombrío

Viajamos en diciembre para experimentar el invierno. Es por la luz y es también por la temperatura. No queremos huir del invierno a base de buscar un sitio cálido para compensar, queremos el ambiente invernal completo. Queremos sentir el frío en la cara.

El Maestrazgo, además del frío, lo tiene todo para triunfar en nuestro esquema de excelencia: carreteras pequeñas con poco tráfico, paisajes bonitos y pocas vallas. Nos lo encontramos así:

Geografía física

El Maestrazgo está en una zona de montaña. No hay grandes picos, por lo que no los veréis en los catálogos, pero tampoco hay apenas nada llano. La ruta fue un constante subir y bajar.

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Panoramas del Maestrazgo. Apenas hay nada llano

Es una zona seca y de paisaje austero. Al mismo tiempo, la presión humana es relativamente baja, con lo que el medio ambiente conserva una interesante diversidad.

Los valles son muy estrechos y abruptos. En muchos casos, cañones que el agua ha excavado en la roca caliza. Es común que el cañón de turno no aparezca hasta que llegas prácticamente al borde y es entonces cuando te explicas por qué la carretera da ese pedazo de vuelta para llegar a ese pueblo que está ahí enfrente: no se veía el bujero que había enmedio.

Los pueblos suelen estar situados en el páramo y, en algunos casos, en el mismo borde de un cañón (casos más extremos en Villarluengo y Cantavieja); probablemente, por razones defensivas y porque abajo, en el valle, no había sitio. También hay pueblos de valle, como Linares de Mora, que tiene un aire casi cantábrico, si cambiamos las hayas por los pinos.

Hay extensas zonas de bosque, maravillosas, sin vallar y, probablemente, llenas de fauna que no vimos pero estaría ahí.

Geografía humana

Voy a escribir en primera persona aquí: los pueblos del Maestrazgo me han entusiasmado por encima de mis posibilidades. Tienen un equilibrio maravilloso entre viejo, auténtico y bonito. Son pueblos de piedra de la que pesa, construidos en una época en la que eran importantes y parece que no han crecido mucho más desde entonces. Da la impresión de que lo que ves hoy es similar a lo que se podía ver hace siglos, no sé cuántos. No hay un casco viejo, el propio pueblo completo es un casco viejo. Son tan bonitos que podrían parecer Disneyland pero no, no son un parque temático. De hecho, da la impresión de que tienen una vida actual bastante boyante, en términos relativos, dado cómo está la cosa en el mundo rural.

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Mirambel

Hay murallas, calles empedradas, palacios e iglesias. Enormes, estas últimas, casi desproporcionadas, en el buen sentido de la expresión. Hay bares acogedores que, siendo diciembre, nos dieron calor, del físico y del emocional. Y era así pueblo tras pueblo, cada cual con su encanto propio pero todos manteniendo un nivel digno de documental de National Geographic. De momento, lo vamos a contar en Viajarenbicicleta.

Día 1: Allepuz – Villarluengo

Helada nocturna y mañana gélida pero con tiempo tranquilo. Cuando sale el sol, la temperatura va en picado (pero para arriba) y se está muy bien. Habíamos llegado a Allepuz de noche y ahora que lo vemos con luz sorprende el tamaño y el aspecto masivo de la iglesia. No será la única sorpresa arquitectónica del viaje.

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Iglesia de Allepuz

Empezamos subiendo el puerto de Sollavientos. Es muy tendido. Sólo sabemos que es cuesta arriba, lo de que se trate de un puerto con nombre quedará claro cuando lleguemos al collado y veamos la señal. Antes, pasamos por un tramo tallado en la caliza mientras vemos el camino tradicional abajo, en el valle. Antiguamente, las vías de comunicación se adaptaban al entorno; ahora, nos abrimos camino a barrenazos.

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Carretera excavada en la pared caliza

Sollavientos era un puerto corto. Villarroya, el siguiente, es más largo y clásico, con zig-zag en ladera para subir al páramo, hasta los 1700 m. Una vez allí, dejamos el asfalto y tomamos la tierra, una pista amplia que atraviesa pinares y que está inesperadamente embarrada. Nos deja las bicis hechas un cristo, provocando las quejas de los viajeros más tiquis-miquis.

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Bosque y barro en el altiplano

La pista desemboca en una carreterilla de las buenas: vacía y de asfalto viejo. Nos hace subir un poco y la señal que indica el puerto de San Cristóbal nos parece un poco exagerada, “si no hemos subido apenas”… hasta que vimos lo que había al otro lado: un valle profundo y un paredón de carretera que, para bien o para mal, nos toca hacer cuesta abajo.

Pitarque está ahí, al final de la cuesta. Es pequeño pero tiene de todo:

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Servicios en Pitarque

Estamos en las profundidades y tenemos que salir de aquí aguas abajo. El valle se estrecha, las paredes se nos vienen encima y acabamos atravesando ¡un cañón calizo! Lo meto entre exclamaciones porque llevamos ya ni sé cuántos viajes seguidos de estos de “exploración” (por sitios que no conocemos a priori) en los que acabamos atravesando un cañón calizo sin querer. Es como el tren de la bruja de los viajes en bici.

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Ponga un cañón en su viaje

La carretera sigue valle abajo pero nuestra ruta la deja en un cruce donde empezamos a subir para volver al páramo. Llegamos arriba ya con las últimas luces y las primeras penumbras para encontrarnos Villarluengo, un pueblo encima de un peñasco que mira al cañón. Ya está oscuro para hacer fotos así que os pongo una de la mañana siguiente:

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Villarluengo

Cae la noche, son sólo las 6 y la temperatura vuelve a donde estaba esta mañana pero el frío ya no nos alcanza: buscamos el bar y nos reunimos alrededor de la mesa más cercana a la estufa para hacer balance del día mientras probamos qué se bebe y se come para echar el rato en el Maestrazgo.

Día 2: Villarluengo – Cantavieja

Amanecer menos frío que el día anterior gracias a las nubes. Gracias a ellas también tendremos temperatura más baja durante el día. Y lluvia.

La carretera se mete entre montañas, luego rodea el cañón. Dejamos de lado atractivas carreterillas que nos hubiera gustado recorrer a cambio de seguir adelante y pasar por Tronchón, donde la leyenda dice que hay buen queso. De todas formas, la carretera que sí usamos es casi tan -illa como las que no. No hay apenas tráfico, aparte del nuestro.

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La carretera se mete entre montañas

Empieza a llover y llegar a Tronchón es doblemente bienvenido. La quesería está a la entrada del pueblo, resulta una forma de comprar queso mucho más agradable que en el supermercado. Luego visitamos el bar. Fuera, el ambiente es poco acogedor.

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Bicis fuera, ciclistas dentro

Allepuz, Villarroya, Pitarque, Villarluengo y ahora Tronchón: ya empezamos a tener claro que no era casualidad, los pueblos del Maestrazgo son sobresalientes, por lo bonito y por lo auténtico.

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Tronchón

Para cuando volvemos a las bicis, ha dejado de llover aunque sigue el ambiente plomizo. A nadie le parece mal, es el Maestrazgo con otra luz. Tras una corta incursión en provincia de Castellón, volvemos a Teruel para pasar por Mirambel que, al parecer, según cuentan algunas voces enteradas, es especialmente atractivo… ¿más que los otros? Pues, sin desmerecer a los demás, diría que sí: Mirambel está en una zona casi llana y, para compensar la falta de protecciones naturales, tiene una estupenda muralla que rodea un casco histórico fantástico, pétreo, de calles estrechas y muros altos, pulcro pero no aséptico. Será mi propia incultura o la falta de promoción pero me sorprende ver todo lo que hay aquí y pensar que hasta ahora no tenía ni idea de que existía. Tiene un aspecto positivo: el viaje con sorpresas mola. Es como se viajaba antes (mucho antes). Ahora parece que ya nos lo sabemos todo antes de ir.

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¿Invadimos Mirambel o no?

Mirambel también tiene bar, del que damos buena cuenta.

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Al menos, tomamos la barra del bar

El resto de la tarde es por el terreno más cómodo que hemos recorrido hasta ahora, ¡es casi llano! El territorio en su conjunto es como una meseta excavada aquí y allá, de forma que el terreno tiene dos pisos, el de arriba y el de abajo. Estamos transitando por el de abajo mientras rodeamos el escarpe que nos separa del piso de arriba. El caso es que nuestro destino por hoy, Cantavieja, está en el piso de arriba. Ahí arriba:

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Cantavieja, pueblo al borde

300 metros de desnivel que la carretera salva en cómodos zig-zags.

Las murallas se confunden con los acantilados calizos. Aquí tampoco conquistaríamos nada si viniéramos al asalto en bici, menos mal que venimos en son de paz y por la puerta.

Entramos en Cantavieja ya en penumbras. La parte más antigua está al nivel estético de los pueblos anteriores pero dejamos la visita para mañana, cuando haya luz.

Día 3: Cantavieja – Linares de Mora

Pues no había mucha luz a la mañana siguiente, amanecemos envueltos en niebla. Está que si llueve, que si no, hace mucho frío, del húmedo, del que se cuela dentro, y Cantavieja tiene un ambiente casi cantábrico.

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Cantavieja en penumbras

El grupo Decemberist es entusiasta sin agenda oculta, con lo fácil que es desanimarse cuando el tiempo es tan sombrío y aquí nadie tiene dudas: pedaleamos y tomamos el tiempo como venga. Muy bien, chicos y chicas.

La ruta sigue por “el piso de arriba” y sin cañones de por medio, con lo que tenemos terreno fácil. El puerto de Cantavieja es muy tendido en ambas vertientes y nos lleva a La Iglesuela del Cid, otro pueblo que mantiene el nivel arquitectónico, con los elementos ya habituales: muralla, callejas empedradas, lavadero cubierto que nos sirve para aparcar las bicis, iglesia masiva, casa consistorial que se funde en piedra con la iglesia… también fuente. Y bar. Última escala antes del puerto de Mosqueruela y un tramo largo sin pueblos de por medio.

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La Iglesuela del Cid: plaza, iglesia y ayuntamiento

La carretera de Mosqueruela es pequeñita, esto es bienvenido. La niebla está cada vez más cerca del suelo, esto no está mal. La carretera va a través de un pinar, subir en silencio entre los árboles y la niebla es maravilloso.

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El puerto de Mosqueruela, en modo fantasmagórico

Chispea pero no importa. Cuando ya se pone a llover en serio, importa un poco más. Cuando llueve sin parar, requiere un poco de trabajo emocional para no desanimarse: hace mucho frío y estamos en ese delicado equilibrio entre seguir pedaleando para no congelarte y pedalear suave para no sudar, abrigarte lo justo para no pasar frío y aceptar que al agua no hay quien la detenga si le das tiempo. Subimos desconectados, cada cual consigo misma y su bici, pensando en el horror del descenso y el calor de algún bar en el pueblo a continuación; pensando, sobre todo, en lo bonito que es todo. La subida al puerto de Mosqueruela queda como uno de los momentos más especiales del viaje.

El otro lado del puerto resulta más montaña rusa que cuesta abajo estricta así que tampoco fue tan terrible, no hizo falta sacarnos del manillar con espátula. Llegamos a Mosqueruela-pueblo con alivio y pocas ganas de admirar arquitectura; bicis directas al bar. Nos lo hemos ganado más que nunca.

Un par de platos calientes después, rescatamos todas las cosas tendidas por los rincones y salimos a la calle para ver que ha dejado de llover.

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Sacudiendo chubasqueros

Que no es que nadie se haya quejado hasta ahora pero sí que es un cierto alivio ver que el final de jornada será tranquilo. Incluso se abre algún hueco entre las nubes por donde asoma algo de luz de poniente. Es el símbolo de la calma tras la (es un decir) tempestad.

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Luz, dos días depués

Como estamos en el “piso de arriba”, el último puerto del día es de subida corta pero hoy el destino está en el de abajo, al final de un descenso tortuoso. Linares de Mora, visto desde arriba, encajonado en su valle, rodeado de bosque y bajo este cielo tan nublado, parece más que nunca un pueblo cantábrico. El sol consigue colar su último rayo del día entre nube y horizonte:

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Linares de Mora

Una vez más, llegamos en penumbras, con la luz justa para comprobar que Linares de Mora también es súper-bonito por dentro. Asaltamos el bar de Fina y damos buena cuenta de la tortilla recién hecha y de la calabaza asada.

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El bar de Fina

Salir del bar para buscar campamento en medio de la noche y con temperatura por los suelos puede parecer anticlimático pero, qué va, es el comienzo de otra rutina del viaje que ya es un automatismo entretenido. Encontramos una pradera estupenda y el druida nos prepara una ensalada de invierno para redondear la cena. Qué bien todo.

Día 4: Linares de Mora – Alcalá de la Selva

Nuestro siguiente amanecer ya es bajo cielo despejado. Hace que las cosas parezcan más fáciles.

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Dormir bien y amanecer mejor

Justo antes de dejar Linares atrás, un nubarrón aislado se coloca encima y nos hace el contraste perfecto mientras el sol le da de frente; castillo, iglesia y casas en cascada:

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El técnico de luces apunta a Linares de Mora

Cuesta arriba y bajo el sol, recorremos el borde sur de la sierra por la que llevamos dando vueltas todos estos días. En diciembre, el sol es más amigo que nunca: por el calorcillo y por la luz oblicua que hace que todo aparezca tan bonito.

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Colores otoñales (técnicamente, aún es otoño)

Salimos, casi, de los límites de la sierra para bajar hasta Rubielos de Mora, el pueblo más grande y más urbano que hemos visitado hasta ahora. Aquí sí que hay una diferencia clara entre el casco viejo y los barrios de extramuros. Los pueblos pequeños de días anteriores tenían más encanto pero la parte antigua de Rubielos es igualmente interesante. En lugar de el bar, asaltamos la panadería (nunca subestimes lo que un/a ciclista hambriento/a puede llegar a comer)

La carretera entre Rubielos de Mora y Mora de Rubielos es más troncal de lo que nos gusta pero tiene muy poco tráfico y la luz sigue siendo especial. No sabemos si entre ambos pueblos tienen coñas mutuas respecto al lío de nombres. En nuestro caso, creo que nunca fuimos del todo capaces de distinguir uno del otro.

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De Rubielos de Mora a Mora de Rubielos (y no es broma)

Volvemos a meternos en las montañas y eso es buena noticia. Subiendo el puerto de San Rafael, el sol se pone y la temperatura baja 50 grados (o más) de golpe, o algo así. Desde el collado, se ve un valle amplio y muy agradable, un tanto estropeado por las urbanizaciones feas que han surgido, suponemos, al calor (es un decir) de la estación de esquí.

Apretamos los dientes para bajar hasta Alcalá de la Selva sin parar, o esa era la idea, pero en el pueblo previo, cuando ya se hacía de noche, nos encontramos con una aparición luminosa que no podíamos dejar pasar:

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¡¡¡Churros!!!

El churrero estaba en plena operación de bañado de chocolate (a los churros). A la mierda el gluten y el azúcar.

Alcalá de la Selva está detrás de un recodo del valle y, será por eso, parece alejado de la asepsia de las urbanizaciones, muy al contrario, es otro pueblo con súper-encanto aunque, una vez más, lo tenemos que admirar a la luz de las farolas. Se hace de noche muy pronto en Diciembre.

Día 5: Alcalá de la Selva – El bosque

-6ºC al amanecer, ¡por fin frío del bueno! Nos queda claro que la temperatura no lo es todo: es una mañana tranquila y agradable en la chopera y, a pesar de los dígitos negativos, se está muy bien.

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Chopera nevera

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Presión estable, eso sí. Buen tiempo

Empezamos jornada con el puerto más largo del viaje que, curiosamente, no está nombrado en el mapa ni tendrá placa en el collado: parece que la estación de esquí se lleva todo el protagonismo. Dentro del engendro que son las estaciones de esquí, esta, por lo menos, será pequeña y me confieso a mí mismo que tengo cierta curiosidad por ver cómo es una estación de esquí al sur de Teruel.

La segunda parte de la subida es boscosa y a estas horas aún no le ha empezado a dar el sol. Las secciones de sombra son como una nevera, el asfalto está escarchado y la rueda tractora resbala a veces. Mientras sea en ascenso, es divertido.

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Carretera escarchada (salvo donde da el sol)

Un poco más arriba empieza a haber nieve en las cunetas. ¡Qué fácil es pegar bolazos a ciclistas cuando van cuesta arriba!

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Un poco de nieve, nada más

La estación de esquí es, efectivamente, un engendro y, además, está abierta, aunque no parece haber nieve suficiente. Contrasta el mundo del pladur con los muros de piedra del Maestrazgo que hemos visto hasta ahora. La cafetería, en vez de torreznos, tiene bollería industrial: “mierda” de la buena.

Nos preocupaba un poco el descenso por carretera escarchada pero resulta que al otro lado los árboles se acaban enseguida, dando paso a una amplia zona de praderas de altura. Todo está soleado y el asfalto, seco. Era muy bonito subir en la reclusión del bosque y es muy bonito también bajar entre horizontes amplios y luminosos.

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Nos temíamos esto…

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… pero fue más bien así

Valdelinares presume de ser el pueblo más alto de España y, a casi 1700 metros, no me cabe duda que lo será. Además de alto, es muy bonito, al nivel de los más pequeñitos y rústicos que hemos visitado ya.

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Valdelinares, desde dentro

Dejamos el asfalto para salir de Valdelinares hacia arriba, por una pista que nos lleva al altiplano. Hay un claro escarpe que superar. La pista nos lleva hacia el punto débil.

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Hacia el altiplano

Antes de superar el borde, echamos la vista atrás para poner Valdelinares en perspectiva:

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Valdelinares, desde fuera

El altiplano es un rasgo que ya hemos visto y pedaleado en viajes anteriores en otras zonas cercanas como Albarracín o la Serranía de Cuenca. Es precioso ir por él, bajo un cielo gigante, sin más tráfico que el nuestro y con el añadido de la luz oblicua de un atardecer de diciembre.

El altiplano alterna zonas de bosque y zonas de claro; las primeras, más acogedoras, las segundas, más sobrecogedoras. Sobra decir que nos gustan ambas.

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Atardecer en el altiplano

Llegamos al extremo opuesto del escarpe y salimos del trance para desembocar en una amplia vista del “piso de abajo”, donde aparece Nogueruela. Nuestra ruta es un “ocho” y estamos en el cruce: por Nogueruela ya pasamos dos días antes aunque entonces no vimos mucho más que el bar en el que nos metimos rápidamente, fue el día y rato de más lluvia. Hoy hace sol y bajamos hasta allí con más calma.

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Mosqueruela

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Puerta abierta

Hoy es nuestra última noche de viaje y decidimos ir a por todas: en lugar del plan habitual de echar un rato en el bar una vez se ha hecho de noche (pero son solo las 6) y luego buscar campamento a lo que salga, decidimos despedirnos con estilo y buscar con calma un buen sitio en el bosque. Salimos de Nogueruela por una carreterilla ideal, de las estrechas, y vamos avanzando a lo largo de prados no muy discretos a la espera de llegar a zona de árboles y mimetizarnos por ahí. Al final, acabamos buscando sitio ¡en la misma oscuridad de todos los días! pero finalmente con éxito. Será nuestro campamento más silvestre.

Día 6: bosque – Allepuz

Amanece todo blanco. No, no ha nevado, aunque lo parece: es todo escarcha pero de la gorda.

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Gran escarcha

Curiosamente, ha hecho menos frío que la noche anterior (sólo -4ºC) pero creo que ha habido temperaturas bajo cero durante más rato; prácticamente, desde que se fue el sol. El otro fenómeno (conocido pero llamativo) es que sólo hay escarcha en las zonas con contacto visual directo con el cielo. Bajo los árboles, no la hay, nada.

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Sólo una tienda congelada (la mía…)

Si vais a dormir bajo cero, poneos bajo los árboles.

Volvemos a la carretera para recorrer uno de los tramos más evocadores de todo el viaje. El mapa marcaba presencia de bosque en toda la zona y así es, un extenso pinar en tierra libre, sin vallas, naturaleza de la buena, dentro de lo que cabe. La carretera ayuda, a su manera, porque es muy menuda y no hay ningún coche que venga a traer ruido y mal olor.

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Carretera perfecta

Dejamos la carretera asfaltada para coger otra sin asfaltar (vulgo, pista amplia) con lo que perdemos un poco de calidad rodadora pero ganamos otro poco en calidad de la experiencia. Nos sentimos, emocionalmente, un poco más cerca del terreno por el que viajamos.

Salimos del bosque para desembocar en el amplio valle donde está Fortanete, nuestro último pueblo en ruta.

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Fortanete al fondo

El sol hace el ambiente agradable y los bares ya no parecen tan imprescindibles como en los primeros días de viaje pero nos siguen gustando; además de refugio, ofrecen también contacto con la gente y la vida locales y eso nos gusta.

De Fortanete ya no comento nada. Es igual de bonito que todos los demás pero ya no nos sorprende.

Ahora tenemos que volver al piso de arriba. El escarpe, una vez más, es evidente y da paso a otro tramo de meseta del que esperamos grandes cosas. Antes, hay que superar la que acabará siendo la cuesta más dura de todo el viaje. Hará estragos en nuestro exiguo pelotón pero, una vez arriba, efectivamente, tenemos más trozos de paraíso por recorrer.

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Puerto de Fortanete

Con o sin árboles, el altiplano es mágico. En su parte más elevada, las praderas y aquel rebaño a lo lejos nos hacen sentir en la estepa de Mongolia (y no es licencia poética, alguien lo mencionó y varios lo habíamos pensado)

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Praderas de altura

Ya sólo nos queda un larguísimo descenso, por aquí:

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Todo para abajo

Completamos el segundo bucle de nuestro “ocho” por el Maestrazgo y volvemos a Allepuz, el pueblo de nombre extraño e iglesia gigante.

Resumen

Por lo que más queráis, visitad el Maestrazgo. En lo paisajístico, está a la altura de las regiones vecinas de Guadalajara, Cuenca y la propia Teruel que hemos estado recorriendo en los últimos años: bosques, roca, naturaleza viva y poca presión humana; carreteras amables para el viaje en bici y muchas pistas para elegir si se quiere estar aún más lejos del ruido. Por lo demás, si algo pone al Maestrazgo una nota especial es la geografía humana y, especialmente, su arquitectura sorprendente, legado de un pasado importante y conservada cual Pompeya sin volcán. El Maestrazgo es, entre otras cosas, un viaje en el tiempo en el que la actualidad sigue viva y ha resultado un sitio acogedor a nuestra forma de viajar. Y, sí, hacía frío.

Ruta

La ruta partía de una idea inicial y se fue fabricando sobre la marcha. Quedó así:

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Maestrazgo Decemberist Final en plotaroute.com

Nuestro viaje ha tenido dos ámbitos marcadamente diferentes, en lo físico y en lo humano: la isla grande, por un lado, y las Hébridas Exteriores, por el otro.

Por “isla grande” nos referimos a lo que sería “el continente” si no fuera porque Escocia ya está en una isla, como ya sabéis por expresiones tan conocidas como “las islas británicas” o “Cameron de la isla”. En inglés, como de costumbre, hay una expresión más compacta y elegante (mainland) con un sólo defecto para utilizar en un texto en español y es que ¡está en inglés! pero la usaré cuando me canse de tanto circunloquio raro de doble palabra.

A las islas Hébridas las acabamos llamando, local y coloquialmente, las “islas ebrias”, denominación que no se corresponde con la realidad pero nos hacía mucha gracia.

Mainland vs Hebrides

En la Isla Grande, circulábamos por carreteras secundarias, siguiendo la costa, en lo posible, por terreno escarpado y con escasa población, menos cuanto más al norte, agrupada en pequeños núcleos. Poca población y pocas bicis viajeras: nos encontramos con sólo un puñado en dos semanas.

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Loch y montañas: la costa oeste en una foto

En las Hébridas, las carreteras eran similares pero no secundarias; normalmente, era la única carretera o, como mucho, la “otra” carretera. No había mucha opción, o ninguna. El terreno era mucho más llano, salvo el tramo de Harris. La densidad de población era similarmente escasa pero el formato, muy diferente: en lugar de núcleos, el poblamiento estaba mucho más disperso.

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Verde y llana North Uist

Curiosamente, en las Hébridas había muchas más bicis viajeras y la única razón que se nos ocurre es el tirón de que se trate de una ruta señalizada. Nótese que no hay nada más que señales (la carretera no tiene nada de especial) pero sólo con eso ya había muchas bicis más que en el Mainland.

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Hebridean Way (South)

Fueron dos semanas en la isla gorda y una en las islas pequeñas. Ambas fases fueron muy bonitas. Personalmente (y esto es muy personal), el Mainland me pareció más interesante para el viaje en bici: más variedad de paisajes, más montañoso, carreteras más remotas y, al mismo tiempo, más sitios donde parar y guarecerte, si hacía falta. En las Hébridas, el propio lugar tiene un cierto aire remoto pero estás en la única carretera, todo el tráfico va por ahí, aunque sea escaso. El terreno es bastante llano (salvo en Harris) y encuentras granjas constantemente pero, paradójicamente, lo que no hay es pueblos. Los núcleos habitados, cuando los había, parecían más una serie disjunta de casas próximas. Tampoco hay apenas pubs o sitios públicos, en general; especialmente, en North/South Uist. Las Hébridas son una pequeña paradoja de sitio remoto con presencia humana constante.

En el Mainland, pasábamos muchos kilómetros sin ver ninguna casa y apenas tráfico en un ambiente variado de constante sube-y-baja, de valle en valle, de loch en loch, entre esos paisajes típicamente escoceses de las pelis.

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Mainland

Las Hébridas eran más monótonas: Lewis es una inmensa turbera, parda y ondulada; Harris es montañosa, recupera parte del encanto del Mainland y cuenta con esas hermosas playas de arena fina y aguas turquesa. North Uist, Benbecula y South Uist son verdes y llanas y no hay apenas pueblos. En las Hébridas exteriores casi no hay árboles. El mar está siempre muy presente: si no se ve, se intuye.

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Hébridas

En la isla principal están los paisajes más típicamente escoceses: montañas y lochs. Cuando la carretera era estrecha y poco frecuentada, la escena era maravillosa, la experiencia ciclo-viajera casi perfecta. Las Hébridas exteriores tienen el glamour de la insularidad y muchos paisajes preciosos. Ambos entornos son estupendos para viajar en bici. La costa oeste del mainland,  aparentemente, es un lugar menos obvio y quizá por eso me atrevo a recomendarlo especialmente: es la esencia de Escocia en su mejor versión. Si alguien hubiera diseñado el mundo para viajar en bici, le habría salido algo muy parecido.

Escocia NO: Logística

La logística de un viaje es aburrida comparada con el propio viaje pero, si planeas hacer una ruta similar (una excelente idea), te interesará la información. Cuando menos, puedes echarle un vistazo a las fotos.

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La info es poder

Transporte Aéreo

Para volar a Escocia, las mejores opciones suelen ser las obvias Glasgow y Edimburgo. Son prácticamente intercambiables porque es fácil viajar entre una y otra, incluso con la bici. En este caso, para ir al oeste nos habría venido mejor Glasgow pero no teníamos vuelos directos hasta allí (en el pasado, los había) y a Edimburgo sí. Pues a Edimburgo.

Volar con la bici siempre es un marrón pero saber que siempre lo es no nos desmotiva para hacer lo posible por que sea menos marrón. En este caso, la elección de aerolínea estaba clara (la que había) así que estudiamos sus condiciones para transportar bicis y, albricias, eran interesantes: Easyjet es una compañía en general cutre e incómoda por lo al límite de su propia logística que suele acabar en retrasos; a veces, astronómicos. En lo que a la bici como equipaje respecta, por contra, no está nada mal e incluye un detalle importante: la bici puede ir embolsada, no necesariamente en una caja.

Todo el mundo se nos asusta: “Y ¿dejáis las bicis en manos del personal de aeropuerto metidas en una bolsa?”

Pues sí, es un riesgo. Ya sabemos que el trato exquisito no es una prioridad de quienes manejan el equipaje. Por otra parte, viajando a un sitio como Escocia, el riesgo es limitado; si algo se rompe, no será nada que no se pueda arreglar una vez en destino.

La parte interesante es que esto nos facilita enormemente la logística, la nuestra. Podemos ir pedaleando al aeropuerto o llevarla en el tren pero tal cual, como bici, sobre sus ruedas. Embalamos la bici in-situ, en la terminal, se la endosamos al handling y nos vamos a tomar un café. En destino, revertimos la operación: recuperamos la bici, la reconstruimos y salimos pedaleando. Igual que hacemos al viajar en tren. Esto está a años luz de la complejidad de las cajas, que convierten a las bicis en unos monstruos inmanejables.

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Paquete compacto con mínimo esfuerzo: quitar pedales, ruedas y poco más

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Los espíritus también quieren echar un vistazo al embolsado

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Fly & Ride

Easyjet cobra extra por la bici pero la cantidad no es estratosférica. Teniendo en cuenta que Easyjet cobra por todo, al menos, no te queda la sensación de discriminación negativa.

En retrospectiva, podemos contar que todo salió muy bien. A la ida, hubo suerte, cero desperfectos. A la vuelta, un eje de rueda doblado que pudimos recuperar (desdoblar) para seguir rodando. En parte, culpa nuestra por no haber retirado los ejes, que es una operación sencilla y que merece la pena, por el riesgo que evita.

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Lo pudimos enderezar in-situ, a martillazos

Utilizamos nuestras bolsas básicas, las mismas que usamos en el tren. Son bolsas sencillas y vienen de serie abiertas por un lado así que les hemos añadido una cremallera para poder cerrarlas completamente, algo imprescindible, en este caso, dado que las van a manejar terceras personas sin nuestra presencia. No podemos arriesgarnos a que algo se suelte y se caiga.

Tuvimos que viajar 3 semanas con las bolsas de marras pero nuestro equipaje es ligero y nos lo podemos permitir. No hizo falta buscar cajas de cartón de cara al viaje de vuelta y todo nos resultó más cómodo, lógico y civilizado. Seguiremos buscando compañías aéreas que admitan esto.

Transporte terrestre (motorizado)

La red de ferrocarril es un tema serio en el Reino Unido, también en Escocia. Es el medio de transporte público por defecto, aunque un tanto erosionado en los últimos años por el alto precio de los billetes. Para otros viajes (sin bici), he tenido en cuenta los servicios de autobús a la hora de decidir cómo viajar; en el caso de este viaje, no. Ni nos hemos molestado en investigar las condiciones de transporte de bicis en los autobuses interurbanos pero, por muy buenas que hubieran sido, no habrían estado a la altura de lo que ofrece el tren.

ScotRail es la única operadora de ferrocarril que conozco en Escocia, creo que no hay ninguna más. Su política para el transporte de bicis es bastante abierta. En general, se pueden llevar bicis en los trenes sin mayor problema, haya o no infraestructura específica para colocarlas. En los trenes que la tienen, en teoría, es necesario reservar plaza para la bici al comprar el billete pero nunca nos acordamos de hacerlo y siempre viajamos sin mayor problema.

Tomamos el tren en cuatro ocasiones; esto es lo que encontramos:

  • De Edimburgo a Glasgow, no había lugar específico para las bicis pero no hubo problema en acomodarlas, tal cual, tan sólo quitando las alforjas, por comodidad y por ocupar sólo lo imprescindible. Hay al menos dos rutas diferentes entre ambas ciudades y nos consta que hay trenes que cuentan con lugar para bicis y otros que no.
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Al revisor le pareció bien así

  • De Glasgow a Wemyss Bay (en la costa, al oeste de la gran ciudad), idem.
  • Ya en el viaje de vuelta, de Oban a Glasgow el vagón tenía un apartado con ganchos para colgar un total de 6 bicis, 3 a cada lado:
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Vestíbulo para bicis en la línea Oban-Glasgow

  • De Glasgow a Edimburgo, cogimos un tren que tenía este práctico y cómodo sistema para colocar un par de bicis (o tres, muy apretadas):
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Más cómodo y elegante que los ganchos

En el espacio web de ScotRail se pueden consultar sus normas para el transporte de bicis. Al margen de la teoría, nuestra impresión es que primaría la posibilidad de viajar mientras no hubiera una incompatibilidad evidente (tren atestado o algo así)

Finalmente, apuntar que, en Edimburgo, aunque se puede pedalear hasta el aeropuerto o coger un tren que te deja cerca, hay otra opción muy cómoda para llegar con las bicis hasta allí: el tranvía. Como ya era de noche, preferimos evitar el tráfico y cogimos este tranvía, en el que las bicis pueden montar tal cual. Muy cómodo.

Transporte acuático

Hemos tenido que coger muchos ferries, sólo dos de ellos de largo recorrido (para ir y volver de las Hébridas); el resto, trayectos más o menos cortos para salvar lochs. Los ferries acaban siendo una parte integral del viaje y conviene tener en cuenta sus horarios para que no supongan una interrupción. Por lo demás, nada destacable: ¡son barcos preparados para llevar camiones! las bicis entran sin problemas y en ningún caso han supuesto un cargo adicional.

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Ferry pequeñito para ir ahí enfrente (Mull a Ardgour)

Todos los ferries que hemos usado salvo uno pertenecían a Caledonian MacBrayne (alias “CalMac”). El que queda era de Western Ferries.

Los ferries eran sorprendentemente baratos, visto el índice general de precios de las cosas. Tiene pinta de que están subvencionados con dinero público para asegurar alta disponibilidad (horarios frecuentes) y precios asequibles.

En los trayectos cortos, no hace falta planear nada, sólo el horario de comienzo y final del servicio. Se trata de un barco yendo y viniendo todo el rato. Puedes contar con que siempre hay sitio.

En los trayectos medios y largos, hay unos horarios de viaje definidos. Normalmente, no va a haber problema de espacio para personas/bicis. Se puede comprar el billete con antelación, es válido para no-sé-cuántos meses y no es específico para una fecha o servicio concretos, se hace efectivo en el momento de viajar.

Ésta es la lista de barquitos que utilizamos; por orden cronológico:

Mcinroy’s point – Hunter’s quay

Oban – Craignure (Isle of Mull)

Fishnish – Lochaline

Mallaig – Armadale (Isle of Skye)

Ullapool – Stornoway

Leverburgh – Berneray

Lochboisdale – Mallaig (en nuestro caso, cambiado a última hora a Oban por el estado del mar)

Coger ferries mola. Es fantástico ver los paisajes despacito y desde el agua. Pueden pasar cosas como ver delfines, que nos seguían en el trayecto entre Ullapool y Stornoway, o echar la pota, como nos pasó entre Lochboisdale y Oban a causa de las olas y lo que se movía aquello. No tenemos fotos de ninguno de los dos eventos.

Alojamientos

La tienda de campaña es el nivel 1, nuestro alojamiento por defecto. Nos resulta fácil que así sea porque nos gusta acampar, es uno de los objetivos del viaje. La tienda aporta una gran libertad, especialmente en un sitio como Escocia donde se puede acampar libremente en terreno público y muchos pueblos tienen algún tipo de zona de acampada, además de los campings clásicos, que también hay. Hay otras modalidades menos ortodoxas como el prado de una granja, el cesped de un hotel rural o el village green de un pueblo, ¡Vale casi todo!

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Kilmartin village green

Pasamos en la tienda 9 noches.

Pasamos a nivel 2 cuando nos apetece. El factor básico en que nos apetezca es el tiempo meteorológico. En Escocia llueve habitualmente y, en la costa oeste, más. Cuando llueve, todo se vuelve más incómodo, tanto el pedaleo como la pernocta y nos da mucha paz mental saber que podemos facilitar mucho esta última. Nos ayuda a seguir pedaleando y disfrutar también del tiempo lluvioso. Lo tomamos como la versión húmeda del buen tiempo.

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Gairloch Sands, albergue junto al mar

El nivel 2 está cubierto por los albergues. En Escocia, la red de albergues es muy densa y casi puedes contar con que haya uno en cada población importante, además de muchos otros en poblaciones pequeñas e incluso algunos en entornos no urbanos. Los albergues nos gustan mucho, son sitios acogedores pensados para la gente viajera, también la gente que viaja en bici. Suelen contar con un lugar para guardar las bicis o, en su defecto, buena disposición para colocarlas donde estén bien, en todos los sentidos.

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Declaración de intenciones inequívoca

Respecto al encaje de las bicis, cuidado con los albergues de las ciudades grandes, que pueden estar enfocados al turismo clásico y pueden no tener nada previsto para ellas. En Edimburgo, concretamente, en nuestra última noche del viaje, elegimos ciegamente un albergue céntrico en el que no tenían ningún sitio para guardarlas y acabamos teniendo que comprar un candado caro para dejarlas en un aparcamiento público.

Una característica específica de Escocia es que los albergues son una forma muy habitual de alojamiento, hasta el punto de que son el por-defecto de mucha gente, no sólo viajeros de otros países y/o gente joven sino también gente local. Los utilizan mucho los montañeros y ciclistas. Como consecuencia, la oferta es muy amplia. Es habitual que los hoteles clásicos situados en zonas de concentración montañera o paisajística tengan una sección de albergue. Buscad los Bunkhouse, denominación habitual de muchos albergues; particularmente, de aquellos que son una sección de un establecimiento hotelero clásico.

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El hotel en Kinlochewe tiene sección “de batalla”

Los albergues son asequibles, vienen a costar la mitad que un hotel clásico para dos personas. Pasamos 8 noches en albergues a lo largo del viaje.

El nivel 3 consiste en un hotel de algún tipo. Activamos el nivel 3 cuando no hay posibilidad de alojamiento a nivel 1 ó 2 o sería demasiado complicado o incómodo. La única pega importante es el precio; nada nuevo bajo las nubes, los hoteles son una cosa cara. Al margen del factor económico, los hoteles de las highlands suelen ser lugares encantadores y que merece la pena probar, siquiera una vez. Buscad un hotelito rural ubicado en un edificio antiguo y (sobra decirlo) que tenga pub. Tomadlo como un merecido homenaje.

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Como el propio nombre indica, posada de carromatos. Ahora, también de bicis

Sólo pasamos una noche en un hotel y fue, efectivamente, encantador.

Provisiones

El noroeste de Escocia está poco poblado pero las poblaciones que hay están situadas, lógicamente, a lo largo de las mismas carreteras que recorremos. Con la autonomía que da una bici, incluso a nuestro tranquilo ritmo de 60 km diarios es fácil encontrar un sitio donde reaprovisionar casi cada día. En muchas ocasiones, se tratará de una tiendita pequeña con selección limitada pero suficiente para comprar las cosas básicas de comer.

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Oficina postal, Café, bebidas alcohólicas y de todo. Típica tienda de pueblo pequeño

Con todo, acostumbramos a llevar encima provisiones para dos o tres días. Nos da autonomía y nos libera de preocupaciones que no queremos tener para poder concentrarnos en el viaje y que no nos limite el tener que llegar a un cierto sitio a una cierta hora. Viajamos con equipo ligero y esto nos permite llevar comida para varios días sin problemas de peso o espacio.

Sólo encontramos tiendas grandes, tipo supermercado, en unos pocos sitios: Oban, Ullapool, Stornoway, North Uist y Balivanich (Benbecula). En Oban y Stornoway, en realidad, ni miramos, pero seguro que tenían supermercados, siendo localidades grandes.

Nótese una marcada frontera entre Mainland e islas respecto a los servicios y su formato: en las Hébridas exteriores, encontramos pocos pubs, cafés o tiendas de pueblo; probablemente, porque había poca cosa que se pudiera llamar “pueblo”, el poblamiento era más constante que en la isla principal pero muy disperso. Quizá por eso había, en su lugar, más supermercados. Uno de ellos (North Uist) estaba directamente junto a la carretera, fuera de poblado.

Mainland o Hébridas, no ha sido un viaje problemático en cuanto a provisiones. No pasarás hambre en Escocia.

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Cheddar curado y Oatcakes. Se encuentran en todos los sitios. Muy ricos ambos, no os vayáis de Escocia sin probarlos

The Decemberists, 2016

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Maestrazgo Decemberist en plotaroute.com

(Teruel city a la izquierda, el Mediterráneo a la derecha, para que os situéis)

Ya es diciembre otra vez y nuestras bicis se remueven en sus aparcaderos. Ya saben lo que pasa: nos ponemos la etiqueta Decemberist y nos vamos a pedalear y acampar en sitios fríos.

Estamos en Iberia, ¿dónde vamos en diciembre para ver si nos va bien esto del frío? Tras unos cuantos años, ya hemos probado las opciones ortodoxas: En Soria, buscamos al zorro polar y encontramos al zorro normal. En León, huellas de oso. En Segovia, llegamos a -8ºC con la impresión de que “se estaba muy bien”. En Ávila, el tiempo estuvo muy tranquilo.

Ya en 2015 empezamos a buscar destinos alternativos y estuvimos por Albacete-Granada-Córdoba. Sur pero alto, echábamos mucho vaho con el aliento. Zonas fronterizas, que son las más interesantes, es donde pasan más cosas de las poco convencionales.

Para 2016, retomamos esa última idea y nos vamos a una región en la que el fronterismo viene de serie y la altitud, también: el Maestrazgo, a caballo entre Teruel y Castellón, dos regiones vecinas pero apenas relacionadas en el imaginario popular. Normal: Castellón sólo es playa y Teruel no existe.

La zona encaja estupendamente en nuestro estándar genérico: un grupo de montañas poco frecuentado, pueblos pequeños, carreteras con poco tráfico, muchos caminos y escasa presión humana. Pedalearemos por el día y acamparemos por la noche. Visitaremos los bares entre una cosa y la otra.

Volvemos al formato circular, con lo que facilitaremos la logística y nos concentraremos en la zona de interés, a costa de prescindir del transporte público y del viaje lineal. Es difícil decir qué es mejor; dejémoslo en que, esta vez, simplemente, ha salido así.

En diciembre de 2016, vamos a sacar las bicis por ahí para comprobar si Castellón tiene interior y si Teruel existe siquiera. Veremos si hace frío o no. Tenemos 6 días, del 3 al 8.

Escocia NO: Resumen

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Little Loch Broom, Escocia NO (noroeste)

Qué: viaje en bici

Dónde: oeste de Escocia e islas

Cuándo: agosto y septiembre de 2016

Cuánto: 3 semanas y 870 kms

Por qué: Nos encanta Escocia; tanto que nos gusta hasta el clima.

En serio: puede ser incómodo cuando llueve o sopla fuerte el viento (o las dos cosas y alguna más a la vez) pero no nos imaginamos una Escocia sin su lluvia o su viento, ¡a ver de dónde íbamos a sacar la excusa para meternos en el pub!

Conozco, concretamente, el oeste de Escocia relativamente bien, desde el punto de vista viajero… a pie. Esto hacía especialmente interesante el viaje en bici: es complementario con aquel. En bici, podría ver todo lo que me quedaba oculto yendo a pie.

Teníamos fundadas expectativas de cara a este viaje: paisajes preciosos, carreteras agradables, libertad para acampar y muchas opciones bajo techo, si no apetecía otra cosa. Quedaba por ver hasta qué punto se cumplían. El peligro de las expectativas es que sean más altas de lo realista y te acabes decepcionando sin que ni el viaje ni el destino tengan culpa ninguna. Nuestras expectativas eran altas pero la realidad superó el listón al primer intento y con holgura. A pesar de los midgets.

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Applecross Pass

Paisajes

Escocia tiene esa fama de lugar espectacular aunque, como siempre, las pelis o los libros de fotografía no cuentan todo. Yo encuentro a Escocia un sitio de paisajes “duros”, en el sentido de “poco acogedores”. Esto tiene su encanto propio pero no es para todo el mundo.

El oeste, especialmente, tiene poco árbol y poco verde. Desde la bici, el efecto se atenúa un poco porque, si hay algunos árboles o algo de verde, los tendrás cerca. Los paisajes son, más que bonitos, sobrecogedores. Si eso te gusta, en el oeste de Escocia vas a tener sobredosis.

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Applecross Peninsula

Hay una belleza que trasciende lo estético y hasta lo emocional: se encuentra en la orografía y tiene de especial que embellece la acción de viajar. A ver si me explico… La combinación de montañas y fiordos (lochs*) hace que las rutas lógicas sean una locura, rodeando unas y otros. Como en Noruega, pero con paredes menos verticales y sin túneles, siempre en superficie y siempre a pedal, salvo en los ferries. La costa oeste escocesa es una endiablada sucesión de lochs que cortan el camino y aislan grandes territorios, dándoles un carácter especial que no tendrían si esa barrera no existiera. El viaje en bici te lleva por estos sitios en una sucesión infinita de “subir, bajar, rodear” muy característica. Es como una montaña rusa. Encuentro en lo intrincado del devenir una belleza intrínseca.

Venga, ya cuento lo obvio (pero no por obvio menos clave): esos paisajes molan, punto pelota. Las pelis y los libros de fotos no cuentan todo pero tampoco mienten y esas imágenes existen, están por todos lados, te rodean y te tumban de espaldas.

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Loch Awe

*Loch: lago escocés. Es un concepto especial, ligado a la realidad del territorio, un tanto particular y específico de Escocia. Loch viene a ser una mezcla de los conceptos de “lago” y “fiordo” o “ría” porque, en Escocia, esos conceptos están un tanto mezclados. Loch es todas esas cosas. Hay lochs en el monte y en la costa. Hay lochs de agua dulce y lochs marinos. Todos son lochs. En la inmensa mayoría de casos, son largos, estrechos y profundos.

Los lochs tienen una importancia enorme en la configuración del territorio y condicionan mucho el viaje. Obligan a rodeos que a veces son gigantescos para llegar a un sitio que tienes enfrente, a tiro de piedra. En ocasiones, hay ferries o incluso puentes que devuelven al desplazamiento la lógica rectilínea; en otras, hay que hacer el rodeo.

Aparte del obvio valor paisajístico, desde el punto de vista del viaje, los lochs hacen Escocia grande y diversa. Son una barrera y son una oportunidad.

Carreteras

Los mapas te indican la categoría de las carreteras y los buenos, además, señalan aquellas que son especialmente estrechas, panorámicas o ambas cosas. Sólo mirando un mapa de estos ya te puedes imaginar un recorrido prácticamente continuo por carreterucas minúsculas que van a tener muy poco tráfico. Cuanto más apartadas, mejor. Lo que hace al oeste de Escocia ideal es que estas vías forman una red conexa en la mayoría de los casos, permitiendo el viaje lineal: entras por un sitio y sales por el otro. Hay algunos casos de carreterillas mágicas que llevan a sitios increíbles y… no tienen salida, con lo que habría que volver a recorrerlas de vuelta y no resultan atractivas para el viaje lineal pero ¡son los menos! y siempre sustituíbles por una conexión aceptable.

Las carreteras del noroeste son un sueño hecho realidad para el viaje en bici. A veces, son tan estrechas que parece que estás en un carril bici interurbano. Como apenas hay tráfico a motor, son casi un carril bici de facto; al menos, mientras pedaleamos por ellas.

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No es un vial del jardín botánico, es de la red de carreteras (Loch Awe)

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No es un carril bici, es de la red de carreteras (Glen Torridon)

Cuanto más remotas, mejor: más estrechas, menos tráfico y atravesando lugares más especiales, siquiera por lo aislado, aunque el paisaje nunca te abandona. Bordeando lochs o incluso el mar más o menos abierto, aunque ese concepto es un tanto borroso en la costa escocesa.

Loch Awe, Morvern, Mallaig, Applecross, Glen Torridon, Little Loch Broom… la lista de carreteritas maravillosas es interminable. La bici es el medio absolutamente ideal para recorrerlas. En coche, te perderías demasiadas cosas. Sé que es un tópico pero es cierto y lo es especialmente en trayectos tan espectaculares. No se te ocurra ir en coche a conocer estos rincones de Escocia.

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North Uist

Acampar

En Escocia, se puede acampar en cualquier sitio, mientras no te metas en el jardín de alguien. Es legal y es normal hacerlo. Por otro lado, el terreno no suele ponerlo fácil, entre humedad, arbustos y boñigas de dinosaurio y suele ser habitual que el único sitio donde sería cómodo plantar la tienda sea… el jardín de alguien o, lo que viene a ser parecido, el village green (esto es, la versión cesped de la plaza del pueblo). Y es lo que acabamos haciendo algunas veces:

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Kilmartin village green

Caminando por las montañas, siempre encuentras algo (es un axioma). Pedaleando por las carreteras, también (mismo axioma) pero puede costar un poco más porque, efectivamente, es habitual que lo único dignamente acampable sea el campo del ganado. Al final, en todo el viaje, sólo hubo una ocasión en la que acampamos en plan silvestre del todo.

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Claro herboso, buen campamento (salvo por los insectos)

Acampamos muchas más veces pero en terrenos preparados. Habitualmente, en el camping del pueblo, que suele ser una campa con un grifo cerca, y ya. Para hacer pipí, te vas al water público que, como el pueblo será minúsculo, estará cerca. Para pagar, dejas una modesta cantidad en el buzón provisto.

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Camping básico (perfecto)

También acampamos en el village green o en el cesped de un hotel. En ambas situaciones, sin pagar nada por el camping y sin que nadie nos pidiera nada a cambio aunque entendimos que era una amable contrapartida tomar unas pintas o cenar en el pub del pueblo o, en su caso, el hotel. Rara vez decimos no a la posibilidad de un homenaje (siempre merecido)

Acampar nos encanta, en cualquier circunstancia. Por supuesto, apreciamos hacerlo en lugares especialmente bonitos. Algunos hubo…

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Horgabost, Isle of Harris

Pubs

En un sitio, Escocia, donde el afuera es tan bonito pero también, a veces, tan inhóspito, es muy importante el adentro. Esto resulta evidente en cuanto entras en un pub, que es, siempre, sin excepción, un lugar acogedor. Un sitio en el que es agradable estar.

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The Holy Loch Inn. Llueve

“Pub” es abreviatura de “public”. Un pub es una “public house”, es decir, una casa abierta al público. Este concepto es importante: tiene las comodidades de una casa, de tu casa, para que tengas una cuando estás de viaje.

La máxima expresión de esta idea se da en el medio rural, donde el pub responde al concepto amplio de posada. En el medio urbano, suele ser válido sólo para comer y beber, que tampoco está mal.

El exterior inhóspito es lo que motiva un interior acogedor. Es lo uno por lo otro. Así que, sí, llueve, te mojas y acabas hasta el gorro pero entonces pasas junto a un pub, te sientas en un sofá junto a la chimenea con un café y la vida es bella.

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The Holy Loch Inn pub

Sobra decir cómo aplica esto al viaje en bici, en el que estás particularmente expuesto/a. Yo creo que más que en el viaje a pie, aunque esto es algo a lo que sigo dando vueltas, sin conclusión clara, pero tanto da… la diferencia entre mojado-y-frío y aún-más-mojado-y-frío no es importante de cara a evaluar el valor de un pub.

Lo importante es saber que están ahí y que, durante la mayor parte del recorrido, se encuentran de forma regular. Es una red perfecta para el viajero; montada cuando el viaje se hacía en carromato; sin duda, modificada por el viaje motorizado pero aún adecuada para el viaje en bici de hoy día. En un día inhóspito, disfrutábamos del pedaleo igual sabiendo que podríamos entrar en un pub para comer y descansar antes de volver a la acción. Si la cosa se ponía fea de cara a pasar la noche, los hoteles tradicionales y su pub eran una opción un tanto cara pero tan encantadora que nos la guardábamos en la alforja de los posibles, tanto por la necesidad como por el placer de la experiencia. Alguno cayó.

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Stagecoach Inn, Cairndow, Loch Fyne

Los pubs han sido una parte integral del viaje. No imaginamos un viaje por Escocia sin ellos. Si hubiéramos tenido 3 semanas de sol y calor, habríamos tenido que entrar en alguno sólo por la experiencia pero tranquis que en 3 semanas tienes garantizado que las circunstancias se darán para que el pub cobre toda su dimensión y entonces se convertirá en el mejor lugar del mundo.

Albergues

La cultura del albergue como “hotel barato con compromisos” tiene una larga tradición en UK. La red de albergues es tan densa que casi puedes dar por sentado que habrá uno en cada pueblo con cierta entidad; al menos, en las zonas donde el viaje y la itinerancia son populares. El noroeste de Escocia es una de esas zonas.

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Ullapool Youth Hostel

Los albergues han sido, también, parte integral de nuestro viaje. No eran nuestra opción por defecto, preferíamos la tienda, pero, al igual que los pubs, nos resultaba importante saber que estaban ahí. Si el tiempo se ponía difícil, no importaba. Manteníamos el buen humor, no nos preocupábamos: nos podíamos ir al albergue.

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“Bunk House” (separado o junto) es la otra expresión para denominar a un albergue. Am Bothan, Leverburgh, Isle of Harris, en un día de lluvia

Son caros, por cierto (UK es un sitio caro, en general, para nuestros estándares), pero era un precio que pagábamos con gusto, no ya por la comodidad de un lugar confortable en todos los sentidos, que también, sino, sobre todo, por la paz mental que nos daba saber que podíamos recurrir a ellos libremente.

Los albergues, sobra decir, tienen su encanto intrínseco como lugar de encuentro de gentes viajeras. Nos encanta esa puesta en común de la sala de estar, del comedor o hasta de la cocina, oír conversaciones en varios idiomas, experimentar cómo gana el respeto mutuo.

Pasamos ratos entrañables viendo la lluvia al otro lado de la ventana. Es una parte del viaje que nos encanta.

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Sala de estar y comer, Craignure Bunkhouse, Isle of Mull. Lluvia al otro lado de la ventana

Midgets

Puedes perfectamente estar en este mundo, haber pasado varias décadas en él y no saber lo que es un midget. Puedes incluso haber estado en Escocia y haber salido de allí sin saberlo (me pasó a mí. Les conocí en mi segunda visita). Eso sí: si les conoces, no les olvidas. Si piensas ir a Escocia alguna vez en tu vida, merece que leas esto.

Más allá de su significado genérico, Midget es la palabra que usan en Escocia para denominar a unos pequeños insectos voladores que viven allí. En otros sitios del mundo existen cosas similares con nombres locales diferentes: Sandflies en Nueva Zelanda, No-see-ums en Norteamérica… seguro que hay alguno más. Se trata de mini-moscas de tamaño minúsculo. Su rasgo más relevante en esta historia es que aparecen por millones y pican como condenadas.

Te pueden volver loco/a. Se meten por todos los sitios. Si tienes un milímetro de piel descubierto, irán allí. Pican incluso en el cuero cabelludo. No tienes forma de espantarlas; puedes hacerlo pero cuando termines con un lado, tendrás millones en el otro.

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“Millones” era un poco exagerado pero… no mucho

Afortunadamente, tienen límites. Son muy pequeñas y no pueden picar a través de la ropa, ni siquiera ropa fina y porosa. Son muy sensibles al viento y una ligera brisa las borra del mapa. El frío las aletarga y la lluvia tampoco les va bien. Vuelan relativamente despacio y las puedes dejar atrás si caminas rápido.

Sólo están activas entre junio y septiembre pero, si vas a ir a Escocia en esa época, más vale que sepas qué esperar. No las vas a encontrar en Edimburgo o Glasgow (o cualquier ciudad grande, supongo) pero sí en el campo. Son un fenómeno de la costa oeste, principalmente. No son una razón para dejar de ir al oeste de Escocia en esos meses pero sí algo que tener en cuenta.

Puedes pasar días sin enterarte de que existen; en ocasiones, pueden no pasar de ser una molestia similar a nuestros mosquitos pero, si se dan las condiciones, se levantan del suelo y van a por todo lo que respire. Un día sin viento, cálido y húmedo es su ambiente favorito.

Si vas en bici, no te pillan pero lo harán cuando te pares. Si estás en zona urbana, habrá muchas menos fuera de la vegetación.

No hay un remedio perfecto. Lo mejor es usar ropa; como no suele hacer mucho calor, es una estrategia sin contraindicaciones salvo para la cabeza y las manos, por razones obvias. Para las manos, puedes contar con que se mueven mucho o haces por moverlas, si hace falta. Para la cabeza, lo que mejor nos ha funcionado es una red. Es un incordio incómodo pero en los episodios más graves era lo único que aliviaba de verdad. Ha de ser una red específica para midgets, con agujero pequeño. Cuidado con comprarla en sitios donde no hay midgets porque te pueden vender una que va bien para mosquitos pero no para estos otros.

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Infierno midget, estrategia red

Hay repelentes. Compramos uno, ya en Escocia. Es difícil decir si funciona. Mi impresión es que parecería que sí, que atacaban menos, pero no era suficiente. Probablemente, no sea un problema del propio repelente sino de que los midgets son tan pequeños que les basta un milímetro sin cubrir para que lo encuentren y te piquen ahí.

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Lo mejor es la caricatura del Midget

Los midgets no son el fin del mundo pero sí un incordio potencialmente serio si vas a estar por el campo escocés entre junio y septiembre. Id preparados/as.

Ruta

Ésta fue nuestra ruta final, que incluye pequeñas variaciones que hicimos sobre la marcha a la idea base de recorrer la costa oeste y las hébridas exteriores:

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Noroeste y Hébridas Final en plotaroute.com

Esto es un resumen

Hemos viajado por el Oeste de Escocia durante 3 semanas, entre agosto y septiembre de 2016. El relato ha tenido que esperar pero no queda aquí. Os iremos pasando más entregas.

Escocia – NO

Donde “NO” significa, por supuesto, Noroeste

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Kylesku, abajo, y Quinag, arriba. Assynt, Northwest Highlands

Será nuestro gran viaje ciclista de este año. El noroeste de Escocia es un sueño hecho realidad para pedalear… salvo por algunas cosas (pero serán las menos)

Las más: los paisajes, por supuesto, qué voy a contar que no hayáis visto ya en las pelis o en directo… pero ¡no sólo! Hay otro aspecto crucial que hace de las Highlands occidentales el paraíso cicloturista: las carreterillas que llegan a sitios increíbles atravesando esos paisajes de las pelis.

En el noroeste, las carreteras son minúsculas y muchas de ellas tienen muy poco tráfico. La red no es muy extensa pero es tan quebrada que, aunque en línea recta no avances mucho, tienes kilómetros (millas) para varias semanas.

Y eso es lo que vamos a hacer: pedalear 3 semanas por las carreteras minúsculas del noroeste escocés.

El lugar es perfecto para pedalear sin plan, como nos gusta hacer: puedes acampar en cualquier sitio y hay muchas opciones de alojamiento básico, si nos apetece. Tendremos una ruta pero no tendremos etapas. Se irán haciendo sobre la marcha.

De hecho, tenemos dos rutas. ¿Cuál os gusta más?

Con las Hébridas exteriores:

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Noroeste y Hébridas en plotaroute.com

Con el extremo norte:

Mapa Norte ii

Noroeste y Norte en plotaroute.com

Nos vamos a finales de agosto. Es posible que aún tengamos que aguantar algunos midgets pero esperamos que no muchos. Si los habéis padecido alguna vez, sabréis por qué.

El resto depende del tiempo que, en Escocia, nunca se sabe o, mejor dicho, se sabe algo: que estará a caballo entre gloria y miseria. Queda por ver cómo se reparte ese pastel. Nuestro ánimo irá preparado para lo peor pero, si no podemos más, siempre nos quedarán los pubs.