Hellín- Úbeda Decemberist

En nuestra búsqueda anual de sitios fríos para pedalear en diciembre, después de probar lo típico en lo que a frío peninsular se refiere (Soria, León, Ávila, Segovia…), nos hemos empezado a fijar en sitios menos obvios pero perfectamente Decemberists; para esta ocasión, el ojo de Sauron se había posado en la franja montañosa que separa Albacete de Jaén. Allí, además del anillo, habíamos identificado, sobre mapa, carreteras pequeñas con líneas quebradas. Es nuestro terreno de juego mejor.

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Puerto sin nombre entre Albacete y Granada

En el diciembre de 2015, tenemos 4 días hábiles. ¿Qué ruta de 4 días se puede hacer por la franja montañosa entre Albacete y Granada?

A la vista del número de excursionistas (4) y de las nuevas condiciones para el transporte de bicis en los trenes de Larga Distancia de Renfe, decidimos ir a por todas e introducir el factor linealidad en la ecuación, consiguiendo del viaje su máxima expresión: de A a B, sin vuelta atrás; donde A=Hellín (Albacete) y B=Úbeda (Jaén). Sí, la de los Cerros de Úbeda.

El tren

Viajar con bicis en Renfe es siempre una aventura, en el sentido pleno de la expresión: no sabes qué te vas a encontrar y puedes tener que improvisar. Este viaje, en concreto, ha formado parte de nuestro fondo de armario de experiencias sobre la intermodalidad bici-tren en la larga distancia ibérica que hemos reflejado en esta entrada en el Blog de Pedalibre. Hay que ver, con lo grande que es un tren, que sea tan complicado transportar bicis en él…

La ruta útil y… el resto

Utilizar transporte público para los viajes añade el factor de que eliges el punto de inicio y final a medias. Esto, a veces, obliga a recorrer tramos que no se hubieran elegido por iniciativa propia, lo cual, en principio, parece más bien malo. A la postre, a veces, estos recorridos te traen sorpresas.

En este caso, tendremos que recorrer un buen trozo de páramo manchego antes de alcanzar las montañas, al principio; y un tramo de llanura olivarera para llegar a Úbeda, al final.

La distancia y la disciplina

La otra condición que nos tenemos que tragar con patatas para poder ir y volver en tren es una distancia que está más allá de nuestra habitual zona de confort. En cualquier otra época del año, no sería gran problema pero a dos pasos del solsticio de invierno, los días son muy cortos. No queremos renunciar a nuestro estilo de viaje: relajado, improvisado y abierto a lo que nos pase; pero esta vez cuidaremos un poco más la disciplina necesaria para promediar 80 kms diarios. Sólo un poco de disciplina.

El páramo manchego

Tenemos claro que la rutina no existe en el viaje, así, en general, y tampoco en el viaje en bici, en particular. Nos tomamos el tramo de aproximación con la expectación debida porque sabemos que nos va a gustar.

Con todo, es una buena noticia abandonar la carretera mediana por la que salimos de Hellín hacia el oeste y tomar una pequeña donde circulamos con mucho más relax, más foco en los paisajes y menos en la propia carretera.

El paisaje cambia al acercarnos al Segura, que marcha encajonado en su valle. Tenemos que bajar y volver a subir a la meseta. Cuando volvemos a estar arriba, vemos ya las montañas mucho más cerca.

Así, sin parar, llegamos a Letur: 60 kms de un golpe. Está claro que las arengas pre-ruta han tenido efecto.

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Los cirros nos acompañan cual auroras boreales (de mediodía y en latitud meridional)

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Más arbolado en las proximidades del Segura

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Letur

Los últimos confines de Albacete

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Vizcable

Desde Letur, entramos en esa cuña de Albacete que se encaja entre las provincias andaluzas. Sobre mapa, ya no aparecen carreteras troncales en esta región, lo que da idea de por qué tipo de sitio nos vamos a mover: estrictamente rural, poco habitado, casi diría que “remoto”, a nuestra modesta escala de “remotez”. Como corresponde a las zonas fronterizas.

El efecto es inmediato: salimos de Letur por una carreterilla desierta que permanecerá desierta todo el rato. Enfrente, llanuras onduladas y, al fondo, las montañas de las sierras de Cazorla y Segura.

Damos una vuelta de tuerca más cuando cambiamos a otra carretera aún más lateral: es una vía de servicio de un canal y por aquí ya sí que no va ni Blas; entre otras cosas, porque no hay ningún gran sitio al que ir: no hay pueblos por el camino.

La ruta es fantástica: va a lo largo de una ladera. Como sigue un canal, no tiene apenas desniveles. Es estrecha y de asfalto viejo pero decente. Está fuera de las zonas de cultivo y, frecuentemente, tenemos arbolado alrededor.

Abajo, en el valle amplio, se ven grupos aislados de casas. Así resulta ser Vizcable, al que llegamos con las últimas luces del día: más que un pueblo, es un grupo de núcleos próximos, cada cual de unas pocas casas.

La temperatura empieza a caer en picado. Los únicos sitios llanos a la vista están abajo, en el valle, donde se acumulará el aire frío y la humedad del río por la noche. Dormiríamos mucho mejor por aquí arriba pero, de momento, lo primero es lo primero: localizar el bar.

No parecería que fuera a haber uno pero no sólo lo hay sino que resulta un lugar súper-agradable donde pasamos un rato estupendo, de esos que sólo el viaje te da y, digo más, sólo el viaje Decemberist te da, con ese punto entrañable de sitio cálido que acoge a ciclistas vulnerables, después de tanto pedalear en torno al solsticio de invierno.

Como guinda, nos ofrecen el prado de al lado para poner las tiendas, lo que nos viene estupendamente: estaremos mucho mejor que en el fondo de valle.

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¿Esto cuenta como un selfie?

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Vizcable a la luz del atardecer

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Uno de los núcleos que componen Vizcable

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No vamos a misa; es que el bar está detrás

Por la mañana, hace frío pero no tenemos mucha escarcha, sólo un poco en algún punto sensible. La elección de campamento ha funcionado.

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A alguien se le va a enfriar el culo

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Ubicación poco idílica pero confortable

Nuestra carretera de servicio es tangente a Vizcable y por ella continuamos. El valle se acaba y tenemos que subir un talud que la carretera salva con unos suaves zig-zags. Desembocamos en una garganta fantástica, un cañón de paredes calizas que nos recuerda mucho a los de Cuenca o Guadalajara o, salvando las distancias, un poco también a los cantábricos. Lo mejor de todo esto es pasar por un sitio así sin haberlo esperado.

La garganta se estrecha hasta que parece que no tendrá salida y, entonces, tras un recodo, emergemos a un mundo de horizonte amplio y luminoso. Es como salir de una cueva. Nos encontramos un valle de altura de relieves suaves, rodeado por colinas boscosas. A nuestros pies (y ruedas), la presa y el embalse que conecta con el canal y  la carretera que nos ha traído hasta aquí.

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Espléndida travesía en ladera

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Como en el tren de la bruja

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El cañón calizo

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Saliendo de la cueva

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Se abre el horizonte visible

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Presa del pantano de Taibilla

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Pantano de Taibilla

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Vega fértil. Venimos de detrás de los montes del fondo

Atravesamos el valle para salir de él a través de las montañas del flanco de enfrente. Al otro lado está Nerpio, el último pueblo de cierto tamaño que encontraremos en Albacete.

Nerpio es muy bonito: entramado de calles estrechas y la espectacular vaguada del río que cruza por prácticamente el medio de la localidad.

Último bastión urbano albaceteño. Salimos de allí a media tarde que, en diciembre, equivale a decir que salimos con el sol ya en retirada. Faltaba otro pueblo más, Pedro Andrés, que es muy pequeñito. Desde allí, ya sí, la calidad de la carretera evidencia que no es un lugar de paso habitual.

Así, con esa sensación de “rumbo a lo desconocido” de andar por casa, vamos pasando kilómetros de ascenso suave. La carretera ya muestra desconchones generalizados en el asfalto, parece claro que no se usa mucho como vía de comunicación con la provincia vecina y que se limita al acceso a algunas granjas que vamos dejando a los lados. No hay tráfico. El sol deja sus últimas luces y pedaleamos en la zona crepuscular para, en la parte más alta, buscar cobijo en un pequeño encinar con vistas a todo lo que dejamos atrás. No podíamos imaginar sitio mejor.

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Más allá de Nerpio

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Los últimos confines de Albacete

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Casi fotografiamos el rayo verde

Las montañas

Desde nuestro campamento, podíamos ver aún, ahí abajo, en la distancia, las últimas granjas que habíamos bordeado ayer tarde. Al despertarnos, por la mañana, siguen ahí. Serán las últimas construcciones que veamos en Albacete.

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Amanecer colorido

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Campamento en el páramo

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Desayuno

La carretera nos lleva entre pinares y roca caliza. En unos pocos kms, desembocamos en otra vía de asfalto nuevecito: estamos en Granada.

Cambia la calidad del piso pero no mucho más: aunque esta carretera sí es de paso, a esta hora temprana de una mañana de diciembre, no pasa casi nadie. Si cabe mención, encontramos el pinar es más denso y frondoso.

Desde aquí, la elección obvia sería bajar a Santiago de la Espada y cruzar la sierra de Cazorla/Segura por el magnífico altiplano pero, en un giro de posmodernidad alternativa, tomamos el camino menos ortodoxo, una carreterilla que nos mantendrá alejados de poblaciones durante muchos kms, hasta el final del día, y que empieza subiendo lo que, por fin, podemos llamar un puerto de montaña… que, hasta ahora, hemos subido mucho pero casi sin darnos cuenta. Ahora, sí: no tanto por la cuesta como por el abismo a poniente y la evidencia de un collado, punto de inflexión a partir del que empezaremos una larga bajada hacia nuestro primer valle granadino.

Mientras, antes de coronar, vistas fantásticas de la Sierra de Cazorla/Segura y los Llanos de Hernán Perea, que dejamos para otra vez.

Hacia el otro lado, vistas deslucidas por el sol bajo de la sierra Mágina y, más lejos, de Sierra Nevada.

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Carretera con desconchones (éstas son las mejores)

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Cruce interprovincial: a la derecha, Albacete; a la izquierda, Granada

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Bosques de calidad

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Altiplano a 1700 metros

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Carretera de montaña

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Collado a casi 1800 metros

El cicloturismo de alforjas es una cosa muy “guiri”, hasta el punto de que nos preguntamos si hay algún cicloturista más en España que no sea de otro país y no esté haciendo el Camino de Santiago… ¡nunca nos cruzamos con nadie así! Venía yo rumiando esta idea y, justamente, los dioses del cicloturismo (de alforjas) me envían una señal en forma de cicloturista de alforjas gigantes que sube por el otro lado del puerto y con el que nos paramos a charlar un rato. Ya digo que no vamos a renunciar a la espontaneidad a los pies de una media diaria por encima de nuestra ortodoxia.

Entre otras cosas, nos habla de las secuoyas plantadas hace unos pocos siglos ahí abajo, en el valle, a las que parece que ha gustado el sitio porque han crecido como si estuvieran en California. Habrá más momentos-California en este viaje.

La bajada es a lo largo de una carretera clásica de puerto de montaña, con sus zig-zags y su vértigo. Una vez en el valle, echamos un vistazo a las anunciadas secuoyas:

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Secuoyas de Granada

Seguimos valle abajo con la sensación de que la magia ya ha pasado. Vemos cambiar el paisaje: frondoso y arbolado mientras estamos flanqueados por montañas; cuando salimos de su abrigo, desembocamos en llanos de cereal, la tierra del gran cielo.

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Llanos y cultivos

Es muy bonito también.

No hay pueblos pero sí un bar por el camino. Dos formas de transportarse separadas por una valla:

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No es que la bici de la izquierda se haya enfadado… es que no tiene pata

Terminamos nuestro idilio con las carreteras desiertas cuando desembocamos en una más gorda. Pasamos por un pueblo (Fátima), luego por otro, Castril, que es muy pintoresco. Estamos bordeando la sierra de Castril, mismo nombre, y el terreno se ha quebrado: durante la larga subida que viene a continuación, se nos hace de noche (literalmente), lo cual tiene sus ventajas porque ya no tenemos prisa ninguna por buscar campamento antes de que se haga de noche así que podemos meternos tranquilamente en el primer bar que encontremos y echar la tarde-noche allí.

Cuando salimos, después de unas cuantas raciones, ya no parece ni que haga frío. Buscamos hueco en el olivar. Mañana veremos cómo era el sitio.

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Olivares al atardecer

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Subiendo cuestas por la zona crepuscular

Jaén o California

No habrá sido nuestro campamento más glorioso pero resultó tranquilo, salvo por el concierto de ladridos en el que se engancharon dos perros vecinos. Creo que llegaron a ese punto en el que ladraban ya sin saber por qué empezaron, pero ladraban. A los/as humanos/as nos pasa también, a veces.

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Amanecer

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Acomodo ajustado entre olivos y arbustos

Comenzamos el día entre olivos y abandonamos Granada para entrar en Jaén en medio de una amplia zona de pinar alrededor de un pequeño valle. Nada que ver con lo que vendría después: cuando salimos de la vaguada, nos encontramos con infinitos llanos ondulados. La única opción consiste en si tienen olivos o no.

Pasamos por zonas de belleza alternativa que me recuerdan mucho a esa misma sensación tal cual percibida en el sur de California y es que el paisaje es sorprendentemente parecido. Más aún cuando la carretera empieza a seguir un río y se encajona entre paredes de roca, creando ese típico contraste entre la vega húmeda y la sequedad extrema del resto.

Es belleza alternativa porque es menos ortodoxa que la de bosques, prados y montañas pero es bonito también.

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Cañón como los de las pelis del oeste

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Jaén o California

Hemos rodeado la sierra de Segura, y ahora tenemos su extremo sur enfrente. Cruzamos Huesa, el último pueblo grande en ruta, y pretendemos re-desayunar en algún bar pero ¡nos cuesta encontrar uno abierto! Eso es que hemos madrugado de verdad. Llevamos horario diferente: nuestro día está ya a media mañana y el pueblo parece que se despierta ahora.

Desde Huesa, mar de olivos radical. Sería una escena tórrida en medio del verano pero estamos en diciembre y la temperatura es agradable. Aún así, tanto sol acaba pesando.

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La sierra de Segura, desde el otro lado

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El mar de olivos es marca de la casa

No tenemos ocasión de hacer entrada triunfal en Úbeda: la estación de tren está en medio del campo. Final con escaso glamour pero no nos importa y, además, siempre nos quedará la emoción de viajar en Renfe con bicicletas como equipaje. El relax lo dejaremos para después.

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Por ahí pasa el tren

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Jódar-Úbeda

Un Diciembre más

El viaje lineal tiene un encanto insuperable por un ida y vuelta, ni siquiera por un circular. No lo cambiamos por ninguno de los dos, aunque nos obligue, como en este caso, a recorrer tramos no ideales. La parte más evocadora del viaje ha quedado un tanto reducida a menos de dos tercios del total pero, curiosamente, no tanto por los paisajes como por las carreteras: una carretera pequeña y descarnada funciona siempre y los tramos inicial y final han sido cabizbajos hasta y desde el momento en que hemos tenido que circular por carreteras amplias.

La disciplina funcionó: no hacía falta darse prisa, bastaba con madrugar un poco y ser diligentes. Nos hicimos los 80 kms diarios sin agobios y casi todos de día. Quién sabe de lo que seríamos capaces si nos ponemos…

El mayor encanto de esta ruta estuvo en el recorrido saliente de la provincia de Albacete: una zona montañosa, no extrema pero muy apartada del ruido y que resultó ideal para pedalear y estar. No pasamos mucho frío, sólo un poco por las mañanas, así que no podemos hacer un gran relato épico sobre bidones congelados pero el viaje fue una digna muesca Decemberist.

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Mapa de ruta Hellín-Úbeda on plotaroute.com

 

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